Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello
Imaginate por un segundo que entrás al Kämp hoy, un martes cualquiera, sin ninguna fecha especial en el calendario, solo porque alguien te dijo que valía la pena conocerlo. Vas a cruzar la puerta sobre Kluuvikatu, vas a levantar la vista hacia esa cúpula que deja caer luz natural desde tres pisos de altura, y probablemente no vas a tener ni idea de que estás parado sobre ciento cuarenta años de historia amontonada. Eso es lo lindo del Kämp, que no necesita explicarte nada para impresionarte, aunque una vez que te enterás de lo que pasó ahí adentro, ya no lo volvés a mirar de la misma manera.
Te propongo hacer este recorrido al revés, empezando por lo más reciente e ir hundiéndonos de a poco en el pasado, como quien saca capas de una cebolla sin llorar, porque acá cada capa tiene su propio sabor.
Arranquemos entonces por los años dosmil, cuando el Kämp ya llevaba un tiempo funcionando de nuevo como hotel de lujo y se había convertido, casi sin proponérselo, en la dirección obligada de cualquier estrella internacional que pasara por Helsinki. Whitney Houston fue de las que más quedaron en la memoria del personal. Usó el hotel como base durante una gira entera que incluía shows en Rusia y Alemania, llegó a cancelar reservas en otros países con tal de quedarse ahí, y una tarde, sentada en el lobby, unos chicos la reconocieron y ella, sin ningún tipo de protocolo de por medio, se sentó con ellos en el piso y les cantó una canción, como si acabaran de encontrarse en cualquier plaza. También pasaron los Rolling Stones, en 2003, generando el revuelo de siempre en la vereda, con seguridad reforzada y una multitud de fotógrafos peleándose por la misma toma. Y hubo, según cuentan, una banda de rock bastante conocida por dejar las habitaciones de hotel hechas percha en cada gira, que esa vez decidió portarse bien después de que el jefe de seguridad tuviera una charla convincente con su representante sobre lo mal que le podía ir a la banda en su siguiente parada rusa si el Kämp quedaba hecho un desastre.
Para llegar a ese momento, sin embargo, hizo falta primero que el hotel volviera a existir, porque durante treinta y cuatro años había dejado de ser un hotel. Recién en 1999 reabrió sus puertas, ahora bajo bandera internacional, después de haber funcionado como sede bancaria desde fines de los sesenta. La reconstrucción fue casi obsesiva. Copiaron el piso original del restaurante a partir de fotos viejas, repintaron los frescos del techo siguiendo la misma técnica de los originales, recrearon las lámparas del salón principal inspirándose en el antiguo Salón de los Espejos. El resultado fue un edificio completamente nuevo que sin embargo parecía no haber dejado nunca de estar ahí, como si los treinta y cuatro años de paréntesis hubieran sido apenas una siesta larga.
Antes de esa siesta hubo una despedida, y fue una despedida en serio. A comienzos de los años sesenta un banco anunció que quería demoler el edificio para construir oficinas en su lugar, y la noticia generó algo que nadie esperaba, una reacción popular casi unánime en contra de la demolición, protestas y discusiones que llenaron los diarios durante meses. No alcanzó. La última noche del Kämp fue el 31 de marzo de 1965, y la ciudad entera pareció querer estar ahí. Hubo fila en la calle para poder entrar, el lobby quedó tan lleno que apenas se podía caminar, y en las escaleras los periodistas tomaban testimonios de empleados que no disimulaban la tristeza. Una pequeña orquesta tocó piezas de Sibelius en el foyer mientras la gente compraba, como último recuerdo, cajitas de fósforos con la etiqueta azul característica del hotel. Nadie, según las crónicas de esa noche, estaba del todo convencido de que fuera un adiós para siempre.
Retrocedamos un poco más, hasta el invierno de 1939, cuando Finlandia entró en guerra contra la Unión Soviética y el bar del Kämp se transformó, de manera bastante literal, en refugio antiaéreo. Reforzaron las paredes con vigas gruesas de madera, aunque el lugar nunca dejó de funcionar como bar, y de hecho se llenó de una fauna completamente nueva, la de los corresponsales extranjeros que llegaban a cubrir lo que en ese momento era noticia mundial, la resistencia de un país chico frente a un ejército enorme. La mayoría de esos periodistas jamás llegó cerca del frente real, pero escribió crónicas heroicas desde ese mismo bar, con la copa en la mano, mientras afuera nevaba sobre la guerra de verdad. Ese mismo diciembre, cuando la recepción tradicional por el aniversario de la independencia no pudo hacerse en el Palacio Presidencial, el gobierno decidió organizarla directamente en el Kämp, con mozos jubilados convocados de urgencia y sin los trajes de gala habituales. El ministro de Educación se presentó con un pulóver de lana y botas rojas de invierno, su vestimenta habitual en Laponia, y nadie logró convencerlo de cambiarse. Los invitados brindaron esa noche con las máscaras antigás apoyadas sobre la mesa, cerca, por cualquier cosa.
Sigamos yendo para atrás, hasta 1919, cuando Finlandia decidió prohibir por completo la fabricación y venta de alcohol, y el Kämp tuvo que aprender el arte de mantener su categoría sin romper del todo la ley. En los salones comunes circulaba el llamado té fuerte, una mezcla de té con alcohol neutro y algo de azúcar, y también un café bien cargado que la gente apodaba plöro. En los reservados, lejos de miradas indiscretas, corría alcohol de verdad, traído de contrabando por los propios clientes, que lo escondían entre la ropa y lo volcaban disimuladamente en sus bebidas. La anécdota más recordada de esos años es la de un buque de guerra italiano que ancló frente a Helsinki y organizó a bordo una cena para ochocientos invitados, aprovechando que el barco, al ser territorio italiano, permitía servir alcohol sin restricciones. El Kämp mandó a su propio personal a trabajar esa noche, hubo champagne francés y vinos mediterráneos, mesas iluminadas con miles de luces pequeñas que convirtieron el barco en algo parecido a un castillo flotante, y entre los invitados estaba el general Mannerheim, ocupando el lugar de honor. No siempre la suerte acompañó, eso sí. En 1926 una inspección sorpresa encontró más de cien botellas de contrabando estonio escondidas en una habitación en refacción, el escándalo llegó a todos los diarios, y el restaurante tuvo que cerrar dos meses como castigo.
Y para terminar el recorrido, lleguemos hasta el principio de todo, hasta comienzos de la década de 1890, cuando el viejo café del hotel se convirtió, casi sin planearlo, en el punto de encuentro de un grupo de jóvenes artistas que discutían casi todas las noches sobre el futuro cultural de Finlandia. Jean Sibelius estaba entre ellos, también el pintor Axel Gallén y el director de orquesta Robert Kajanus, y a esos encuentros los terminaron bautizando, con cierto orgullo propio de la juventud, el Círculo del Simposio. No hablaban solamente de arte, hablaban de identidad, de qué significaba ser finlandés en un momento en que el país todavía respondía al Imperio Ruso y todavía no sabía bien cómo contarse a sí mismo frente al resto de Europa. Sibelius, ya mayor, recordaría esas noches como una de las etapas más ricas de su vida. Su esposa Aino tenía una visión bastante menos poética del asunto, y guardó durante años unos papelitos con mensajes apurados que su marido le mandaba desde el bar, preguntando por la salud de los chicos y prometiendo volver pronto, promesas que no siempre se cumplían a horario.
Y llegamos así, al fondo de todo, hasta 1887, el año en que un empresario llamado Carl Kämp decidió que Helsinki necesitaba un hotel a la altura de cualquier capital europea. Convocó al arquitecto Theodor Höijer, la misma mano que después firmaría el edificio del museo Ateneum, y juntos levantaron un edificio que incorporó algo que nadie en el país había visto antes, el primer ascensor de toda Finlandia, además de luz eléctrica en cada rincón. La noche de la inauguración reunió a cuatrocientos invitados, incluyó discursos larguísimos, un coro cantando desde la galería y un trofeo de plata llegado especialmente desde San Petersburgo como regalo. Al día siguiente, todavía agradecido, Kämp organizó un desayuno para los obreros que habían levantado el edificio, un gesto poco habitual entre los empresarios de la época.
Así que cuando vuelvas a cruzar esa puerta sobre Kluuvikatu, ya sabés lo que hay detrás de la luz que cae desde la cúpula. Un empresario con ganas de modernidad, un grupo de artistas inventando un país desde una mesa de café, una ciudad entera esquivando una ley seca con té disfrazado, una guerra contada desde una barra, una demolición llorada como un duelo real, y una segunda vuelta que demostró que algunos lugares, simplemente, se niegan a desaparecer del todo.
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