Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello
Existe una Venecia que no posa, que no se detiene a mirarse en el reflejo del agua ni espera ser fotografiada. Una Venecia que desayuna temprano, cruza puentes con paso decidido y se permite la risa nocturna en una mesa compartida. En Dorsoduro, ese pulso cotidiano marca el ritmo de un barrio que respira autenticidad, lejos del ceremonial turístico. En ese escenario, un hotel contemporáneo se integra como una pieza más del paisaje urbano, con la naturalidad de quien entiende el lenguaje del lugar y decide hablarlo con acento propio.
El edificio se presenta con una arquitectura precisa, de líneas limpias y vocación moderna, que dialoga con los canales centenarios sin nostalgia impostada. El vidrio de su fachada captura la luz veneciana y la devuelve en reflejos cambiantes, acompañando el clima, las horas y las estaciones. No busca mimetizarse ni imponerse, prefiere coexistir. Esa elección estética marca una postura clara, Venecia también pertenece al presente.
Puertas adentro, el universo cinematográfico atraviesa cada espacio como una narración sutil. Fotografías en blanco y negro, referencias a grandes nombres del cine italiano, libros que invitan a quedarse un rato más en los sillones comunes. Todo construye una atmósfera que remite a historias contadas en pantalla grande, aunque aquí la experiencia sucede en tiempo real. El diseño acompaña con sobriedad elegante, tonos neutros, materiales nobles y una iluminación que favorece la calma.
Las habitaciones funcionan como refugios urbanos. Amplias, silenciosas, atravesadas por una luz que entra sin pedir permiso, ofrecen vistas a canales antiguos o a un jardín que sorprende por su serenidad. El parquet bajo los pies, la tecnología integrada con discreción y la sensación de espacio bien pensado generan un descanso profundo, necesario después de una ciudad que se recorre con los sentidos siempre despiertos. Desde las ventanas, Venecia se observa en su versión más honesta, vecinos que van y vienen, conversaciones que se pierden en el aire, vida real.
El entorno es parte esencial de la experiencia. Campo Santa Margherita aparece como una extensión natural del hotel, con su energía joven, sus bares animados y su vida nocturna sin solemnidad. Trattorias históricas conviven con propuestas actuales, mientras estudiantes, artistas y viajeros se mezclan sin jerarquías. A poca distancia, la Accademia y la colección Guggenheim invitan a sumergirse en el arte como continuidad del paseo, sin necesidad de planificar demasiado.
La propuesta gastronómica acompaña ese espíritu relajado. El día comienza con café intenso y un desayuno que se disfruta sin prisa, rodeado de imágenes que evocan escenas memorables del cine. A lo largo de la jornada, opciones ligeras sostienen el ritmo de quien explora. Por la noche, la cocina italiana se presenta con respeto y creatividad, reinterpretando recetas tradicionales con un giro contemporáneo que evita la obviedad. Comer allí se siente íntimo, cercano, casi doméstico.
El movimiento también tiene su espacio. Un gimnasio equipado permite entrenar con vistas urbanas, mientras que la posibilidad de practicar yoga en la habitación suma una dimensión privada al bienestar. La ciudad acompaña, incluso en esos momentos, con su murmullo lejano y su luz filtrada.
La ciudad como experiencia compartida
Las experiencias propuestas invitan a mirar Venecia desde ángulos menos transitados. Correr al amanecer siguiendo rutas pensadas por conocedores locales, descubrir el arte de las máscaras de la mano de artesanos vinculados al cine, trabajar el vidrio de Murano como un gesto creativo y no como recuerdo prefabricado. Cada actividad propone un vínculo genuino con la cultura veneciana, una inmersión respetuosa y curiosa.
También existen espacios destinados a encuentros y reuniones, concebidos con una estética cuidada y tecnología actual. Sus nombres evocan a grandes directores italianos, reforzando la idea de que incluso los momentos laborales pueden integrarse a una narrativa más amplia, donde el diseño y la inspiración no quedan afuera.
La presencia del hotel en Dorsoduro resulta natural. No altera el ritmo del barrio, se suma a él. Los huéspedes comparten mesas, calles y rituales con los locales, cruzan los mismos puentes, celebran el aperitivo al caer la tarde. Esa convivencia genera una sensación de pertenencia difícil de lograr en una ciudad tan visitada.
Nombrar a Avani Rio Novo Venice apenas alcanza para ubicar la experiencia, porque el recuerdo que deja va más allá de la marca. Se trata de una manera de habitar Venecia desde adentro, con mirada contemporánea y sensibilidad cultural. Quien pasa por allí no suma una estadía más, incorpora una versión distinta de la ciudad, una Venecia fuera de guion, viva, elegante y profundamente memorable.
Discover more from LatamNoticias
Subscribe to get the latest posts sent to your email.