Una llave sin ceremonias

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By Flavia Tomaello

Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello

Nadie va a subir las valijas hasta la habitación en Coco Hotel, ni va a estar pendiente todo el tiempo del huésped que acaba de llegar. El check in dura apenas un par de minutos, un saludo cálido en la recepción, la llave sobre el mostrador, y después cada huésped queda librado a su propia curiosidad para recorrer el edificio. Esa ausencia de ceremonia no es un descuido, sino una decisión deliberada de un hotel que, desde el primer minuto, deja en claro que no busca imitar los códigos del lujo tradicional, sino ofrecer otra cosa, comodidad, buen diseño y una ubicación inmejorable en pleno Vesterbro, uno de los barrios más animados de Copenhague.

Ese tono relajado tiene una explicación bastante concreta. Coco es la primera apuesta hotelera de Copenhagen Food Collective, el grupo gastronómico conocido en la ciudad como Cofoco, que antes de abrir esta puerta ya administraba dieciocho restaurantes de estilos muy distintos repartidos por Copenhague. La hospitalidad de restaurante, más cercana y menos protocolar que la de un hotel de lujo clásico, terminó marcando el pulso de todo el proyecto, empezando por el propio café que da a la calle, que funciona a la vez como recepción y como bar de vecinos, con mesas ocupadas indistintamente por huéspedes y por gente del barrio que entró solamente a tomar una copa.

El edificio elegido para el proyecto tiene historia propia. Se trata de una construcción clásica sobre Vesterbrogade que hasta hace poco funcionaba como The Crown Hotel, reformada por completo hasta convertirse en un espacio que combina cierta elegancia parisina con la sensibilidad escandinava más habitual en Copenhague. Puertas de madera enormes y talladas, querubines esculpidos en las molduras y espejos antiguos distribuidos por las escaleras conviven con un patio interior cubierto de plantas que funciona como el verdadero centro social del hotel, un lugar donde conviene perder tiempo aunque no esté planificado.

El precio de elegir diseño y ubicación por encima del confort clásico

Esa apuesta por el carácter por encima del protocolo también implica algunas renuncias que conviene tener presentes antes de reservar. Las ochenta y nueve habitaciones son compactas, con colores intensos, mobiliario justo y obras de arte curadas, entre ellas láminas del Museo Louisiana, pero la mayoría no cuenta con aire acondicionado, un detalle a considerar para quien viaje en pleno verano. Las habitaciones que dan al patio pueden recibir algo de ruido nocturno, aunque suele calmarse alrededor de las diez, y la única con climatización propia es la suite familiar del último piso, pensada para quien prefiera pagar un poco más por espacio y silencio. Tampoco hay heladeras en las habitaciones, y quien viaje con un bebé puede pedir una cuna de viaje, generalmente con costo adicional, en un espacio que queda bastante ajustado para tres personas.

Esas mismas características explican por qué Coco no suele recomendarse como primera opción para familias con chicos muy pequeños, aunque sí resulta una alternativa sólida para parejas, grupos de amigos o cualquier viajero dispuesto a resignar metros cuadrados y algunos servicios a cambio de diseño, ubicación y una tarifa bastante más accesible que la de otros hoteles boutique de la ciudad. El resto de la experiencia se completa en Coco Café & Bar, con café y bollería por la mañana, una carta de almuerzo con clásicos escandinavos como el smørrebrød de camarones entre las once y las tres de la tarde, y opciones ligeras durante el resto del día, aceitunas, anchoas, pensadas para acompañar alguna copa de una carta que reúne más de quinientas etiquetas de vino. Conviene llegar temprano, sobre todo los fines de semana, porque el lugar se llena rápido.

Esa energía tiene mucho que ver con la ubicación. Vesterbro fue, hasta hace apenas un par de décadas, la zona roja de Copenhague, un barrio que la ciudad prefería mantener a distancia del circuito turístico. Hoy concentra bares de vino natural, restaurantes de autor y el Meatpacking District, la antigua zona de mataderos convertida en polo de galerías y vida nocturna, frecuentado por el público creativo que hoy define buena parte de la identidad de la ciudad. A esa transformación urbana, Coco suma un compromiso ambiental concreto, con certificación Green Key, operación libre de plástico y energía proveniente de un parque solar que Cofoco instaló en 2017, capaz de abastecer al hotel, a sus dieciocho restaurantes, y de volcar excedente a la red eléctrica nacional danesa.

En materia de accesibilidad, hay una habitación amplia y adaptada en la planta baja, aunque sin barra de apoyo junto al inodoro, y un ascensor pequeño como alternativa a las escaleras para quien lo necesite. El resto de las habitaciones, sin adaptar, tiene un pequeño escalón a la entrada del baño.

Ese tipo de detalles, ninguno demasiado grave por separado, terminan de completar el retrato de un hotel que no busca ser todo para todos. Coco funciona mejor cuando se lo entiende como una extensión más del proyecto gastronómico que le dio origen, un lugar donde el diseño y el vino importan tanto como el colchón, y donde el barrio elegido forma parte de la propuesta tanto como cualquier amenity dentro del edificio. Quien llegue buscando la ceremonia de un hotel de lujo tradicional puede sentirse un poco desconcertado en la recepción, pero quien busque estar cerca de todo, dormir bien sin gastar de más y salir directamente a la vereda de Vesterbrogade para encontrarse con la Copenhague más viva, va a entender rápido por qué Coco se convirtió, en tan poco tiempo, en una de las direcciones más recomendadas del barrio.

Son, en definitiva, los pequeños compromisos de un hotel que decidió apostar por otra cosa antes que por la comodidad sin fisuras, la de sentirse, apenas cruzada la puerta, como en casa de un amigo que además sabe muy bien de vinos y de buena mesa.

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