Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello
Durante el siglo XVIII, miles de hombres cruzaron el interior de Brasil con una batea de metal bajo el brazo y una sola obsesión: lavar la grava de los ríos hasta que, entre el barro y las piedras, brillara una escama de oro. Los llamaron garimpeiros, y el verbo que de ahí deriva, garimpar, sobrevivió a la fiebre y se mudó a otras actividades. Hoy se garimpa un disco en una feria, un mueble en un desván, una receta en la memoria de una abuela. El garimpo abarca ya algo más que el metal: la paciencia de quien sabe mirar más despacio que el resto.
Ese ojo entrenado se nota apenas se cruza la entrada de la Toca da Coruja, la pousada de la Praia da Pipa, una de las playas más bellas de Brasil, en Tibau do Sul, Río Grande del Norte. Los bungalows, de estilo colonial, están decorados con piezas garimpadas una por una, elegidas por su carácter en lugar de comprarse por catálogo, y el conjunto logra una sofisticación sin solemnidad, con elegancia, autenticidad y una comodidad que invita a quedarse adentro. Cuando la pousada se presenta como refugio para quien busca armonía entre el lujo y la naturaleza, la frase suena a folleto, pero el recorrido la confirma.
La naturaleza, en este caso, tiene medidas concretas: una reserva privada de Mata Atlántica de 25.000 metros cuadrados, con jardines cuidados al detalle, árboles y plantas de la región, y una luz que cae tamizada por las hojas. Dentro de ese marco viven doce bungalows de lujo de 130 metros cuadrados, cada uno con bañera de hidromasaje en un solárium al aire libre. Basta llamar a un empleado para que prepare el baño, y sumergirse con el cielo por techo y los árboles alrededor se vuelve el momento que muchos huéspedes recuerdan primero. Otros dieciséis apartamentos especiales, de 60 metros cuadrados, se reservan para los días románticos, con su propia bañera de hidromasaje, esta vez interior.
El día se organiza alrededor del agua. Tres piscinas ionizadas esperan en el jardín, una con hidromasaje y calefacción, todas con servicio de bar, de modo que un trago frío llega sin que nadie tenga que levantarse. Para quienes prefieren el movimiento, el entorno ofrece paseos en buggy, en barco o en bicicleta, y espacio para el surf, el kitesurf y otros deportes acuáticos. A pocos metros queda la playa, y ahí mismo, en el mar, se puede nadar al lado de los delfines.
La mesa merece una crónica aparte, y la propia casa la reparte en varias direcciones. OCA by Toca funciona dentro de la propiedad, entre un inmenso jardín tropical, con un menú del chef Wagner Aguiar que combina la cocina regional brasileña con la gastronomía contemporánea. Música, luz, aroma y sabor se funden con el paisaje, y la adega, con una de las mejores cartas de vino de la región, seleccionada por un sommelier, dispone de un rincón íntimo, hecho a medida de los amantes del vino, con etiquetas de las mejores zonas productoras del viejo y el nuevo mundo.
Al borde del mar, en la Praia das Minas, un área de preservación ambiental, aparecen otros dos nombres de la casa. DUNA by Toca adopta el movimiento slow food, con ingredientes orgánicos, producción sustentable y respeto por la cultura alimentaria regional, y la chef Luciana Galvão, con amplia experiencia internacional, propone un menú degustación de seis pasos que pone en primer plano los ingredientes locales, frente a una vista panorámica del océano. MAR by Toca, el bar de playa, completa la escena con la tranquilidad de una de las costas más lindas de Brasil y con la estructura y los servicios que llevan la firma de la casa. Cuando cae la noche, SELVA by Toca recupera el espíritu de los bares ocultos de los años 30, con muebles de cuero, maderas oscuras y luz tenue, a salvo entre la espesura de un jardín denso, con la privacidad de los speakeasy de aquella década.
Para el cuerpo, el SPA by Toca ofrece tratamientos manuales con aceites esenciales naturales y la tradición del masaje terapéutico. La casa suma una sauna, una sala de lectura y juegos, un studio funcional y una tienda de artesanías como las que decoran la pousada, ideal para llevarse a casa un poco de ese garimpo. Quienes buscan alternar descanso y movimiento tienen la ventaja de la ubicación, sobre la calle principal, a pasos de buenos restaurantes, bares y tiendas, y quienes prefieren el silencio vuelven al jardín para tenderse en una hamaca, mirar el verde y esperar la visita de los saguis y de las aves que recorren la propiedad. La Toca integra, además, Roteiros de Charme, una asociación de hoteles elegidos por su encanto y por su compromiso con preservar el ambiente y atender bien a los huéspedes sin comprometer el futuro de las próximas generaciones, y mantiene un vínculo con Condé Nast Johansens, referencia para viajeros exigentes.
Llegar hasta ahí también tiene su poesía, y conviene hacerlo con JetSmart, que vuela directo de Buenos Aires a Natal, sin escalas ni conexiones, y deja al viajero en la capital de Río Grande del Norte con la tarde por delante, después de un cielo largo sobre el continente. El vuelo se vuelve parte del viaje, y desde el aeropuerto un traslado de dos horas en auto recorre el nordeste con la ventanilla abierta, mientras el paisaje se vuelve más verde a medida que se acerca el pueblo, como si anunciara lo que viene.
Al final, la pousada se parece a lo que buscaba el garimpeiro, una pepita hallada tras mucho lavar la grava. Quien llega con apuro y se queda un día más termina por reconocerla, brillando entre el verde, mientras la coruja que da nombre a la casa vigila el tesoro desde su emblema.
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