Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello
Un viaje donde la historia, la arquitectura y la naturaleza se entrelazan, y cada rincón parece narrar siglos de vida, arte y experiencia sensorial
Esta ciudad parece diseñada para demostrar que la belleza no es un concepto, sino una experiencia que se percibe con todos los sentidos. Flota en el aire, se refleja en la luz que atraviesa los jardines y resuena en el murmullo constante del agua que cae desde las colinas sin prisa. A menos de cuarenta minutos de Roma, se siente como un traslado a otra dimensión: más antigua, más silenciosa, más íntima. Su origen antecede al de la capital, pero conserva una vitalidad sorprendente y una fuerza que envuelve al visitante.
La fama de este territorio proviene de tres villas excepcionales —Adriana, d’Este y Gregoriana— que combinan historia, arte y naturaleza en un solo escenario. Ruinas romanas que parecen respirar, jardines renacentistas concebidos como coreografías vegetales, parques naturales donde el agua domina la escena y un centro histórico medieval que se despliega como un laberinto de piedra. Callejones estrechos, templos antiguos, la fortaleza Rocca Pia y el Santuario de Hércules Víctor revelan la importancia estratégica y espiritual de la ciudad a lo largo de los siglos.
La piedra marca su identidad. El travertino ha sido extraído desde tiempos antiguos y dio forma a monumentos que definen la arquitectura italiana. A pocos kilómetros, las aguas sulfurosas de los baños termales se consideran terapéuticas desde la Antigüedad. En este paisaje, geología, historia y bienestar se entrelazan de manera inseparable.
La ciudad representa una síntesis de lo que Italia sabe hacer mejor: transformar el tiempo en escenario. Las villas constituyen los actos principales de esa puesta en escena, cada una con su carácter, su ritmo y su manera de narrar el pasado. Adriana muestra la grandeza romana, d’Este convierte el Renacimiento en agua, música y geometría, Gregoriana combina la fuerza de la naturaleza con su control. Tres mundos que invitan a recorrerlos sin prisa, dejarse llevar por el murmullo del agua y observar cómo la luz acaricia la piedra.
Villa Adriana: un emperador que soñó el mundo
Algunos lugares no se visitan, se atraviesan. Adriana es uno de ellos. Más que una residencia imperial, funciona como un universo. Construida en el siglo II d.C. por Adriano, sintetiza todo lo que el emperador vio, admiró y deseó durante sus viajes por el Imperio. Grecia, Egipto y Asia Menor se reinterpretan en patios, teatros, baños y jardines, conformando un mapa emocional convertido en arquitectura.
Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, Adriana es uno de los complejos arqueológicos más vastos y sofisticados del mundo romano. Sus más de 120 hectáreas incluyen palacios, termas, bibliotecas, jardines, estanques, templos y espacios de recreación, pero lo que realmente conmueve es la inteligencia del diseño. Adriano supervisó cada detalle, logrando un conjunto que combina monumentalidad y delicadeza, ingeniería y poesía.
El Canopo, un estanque flanqueado por columnas y estatuas que evocan el Egipto helenístico, culmina en una exedra semicircular que genera un efecto escenográfico sorprendente. Las Grandes Termas y las Pequeñas Termas muestran la sofisticación del sistema romano de calefacción y circulación de agua. El Teatro Marítimo, isla circular rodeada por un canal, funcionaba como refugio privado, estudio y espacio de contemplación del emperador.
Recorrer Adriana es transitar un palimpsesto. Cada muro, mosaico y fragmento de mármol narra una historia, mientras el silencio invita a imaginar la vida cotidiana de un imperio en su apogeo. No se trata de un museo al aire libre, sino de una experiencia arqueológica viva que exige tiempo, mirada y sensibilidad.
Villa d’Este: el Renacimiento hecho agua
Si Adriana representa la grandeza romana, d’Este encarna la exuberancia del Renacimiento. También Patrimonio de la Humanidad, combina arquitectura, ingeniería hidráulica y arte paisajístico en una sinfonía que sigue fascinando.
Encargada en el siglo XVI por el cardenal Ippolito II d’Este, un hombre ambicioso que soñaba con un palacio capaz de rivalizar con los grandes jardines europeos, la villa alcanzó su objetivo gracias a un recurso abundante: el agua. Cientos de fuentes funcionan sin bombas, alimentadas únicamente por un sistema de gravedad que constituye una proeza de ingeniería renacentista.
Los jardines se despliegan en terrazas descendentes hacia el valle, creando perspectivas que cambian con cada paso. La Fuente de Neptuno impresiona con chorros verticales que muestran fuerza y majestuosidad. La Avenida de las Cien Fuentes funciona como un corredor mágico donde el agua corre en múltiples niveles, generando un murmullo constante que acompaña al visitante. La Fuente del Órgano utiliza la presión del agua para hacer sonar un órgano hidráulico, una maravilla que todavía puede escucharse en determinados horarios.
El palacio conserva frescos que narran mitos, paisajes y escenas alegóricas, pero es en los jardines donde d’Este revela su verdadera esencia: un espacio donde la naturaleza se moldea con precisión matemática, donde el agua se convierte en arquitectura y donde la belleza funciona como sistema.
Villa d’Este no se recorre solamente, se vive. Se escucha, se respira y se contempla. La experiencia recuerda que el Renacimiento no fue solo un movimiento artístico, sino una forma de entender el mundo, organizar la naturaleza y transformar la memoria en espectáculo.
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