Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello
Alguien más mira por la ventanilla hacia una franja de playa gris que ya quedó atrás, hacia unas piedras dispuestas en hileras que, vistas desde la cubierta, parecían apenas un capricho geológico. Solo horas después, con las botas todavía húmedas junto a la puerta del camarote, aquella disposición de piedras revela su verdadero oficio: son letras. Son nombres de barcos escritos hace más de un siglo por marineros que apilaron guijarros para que el mundo supiera, alguna vez, que habían estado ahí. Esta crónica empieza, entonces, por el final de una tarde, porque así funciona la memoria en el Ártico: primero llega la sensación, después el dato, y solo al final la historia completa.
La embarcación Zodiac golpea el agua con un ritmo seco, casi percusivo, mientras avanza hacia Phippsøya, la mayor isla del pequeño archipiélago de Sjuøyane, veintidós kilómetros al norte del cabo que marca el límite septentrional de Svalbard propiamente dicho. El desembarco ocurre a las trece treinta, aunque el itinerario impreso en la pantalla del barco advierte, con letras rojas, que toda hora en el Ártico funciona como promesa condicional: primero llega el equipo de expedición, evalúa hielo, viento y corriente, y solo entonces autoriza el paso de los grupos de colores —verde, rojo, azul, amarillo— que ordenan, con una disciplina casi escolar, el desembarco de decenas de pasajeros abrigados hasta los ojos.
La isla debe su nombre al comodoro Constantine John Phipps, quien en junio de 1773 zarpó de Deptford al mando de dos naves bombarderas, la Racehorse y la Carcass, construidas para resistir el impacto de morteros pesados y reforzadas después con maderas dobles y proas fortificadas para embestir el hielo polar. Phipps buscaba comprobar una teoría sostenida entonces por buena parte de la Royal Society: la existencia de un mar polar abierto, navegable, más allá de la barrera de hielo. Jamás encontró ese mar. Encontró, en cambio, murallas blancas que le cerraron el paso cerca de los ochenta grados y cuarenta y ocho minutos de latitud norte, y encontró también algo que ningún europeo había descrito hasta entonces con rigor científico: el oso polar y la gaviota marfil, especies que Phipps catalogó con la meticulosidad de un naturalista aunque su misión oficial fuera puramente geográfica. A bordo de la Carcass viajaba, además, un guardiamarina de apenas catorce años llamado Horatio Nelson, quien según cuenta la leyenda —repetida tantas veces que ya funciona casi como escritura sagrada— desafió a un oso polar armado únicamente de un mosquete descargado y del arrojo temerario que después lo llevaría a Trafalgar.
Caminar hoy sobre Phippsøya significa pisar musgo empapado que cede bajo la bota como una esponja fría, avanzar entre rocas de gneis pulidas por hielos que ya jamás volverán, y levantar la vista hacia montañas de perfil achatado, casi como sombreros, que le dieron a Sjuøyane su apodo cariñoso entre navegantes: las islas de los siete sombreros. Miles de aves marinas anidan en las grietas, y su guano tiñe de un verde intenso una piedra que, sin ellas, permanecería desnuda y gris durante todo el año. Morsas bucean cerca de la orilla en busca de moluscos, indiferentes al paso de humanos vestidos de rojo que las observan desde una distancia prudente. El paisaje entero parece guardar la respiración de Phipps, la ansiedad de sus hombres atrapados entre témpanos durante semanas, la certeza progresiva de que el Polo permanecería, aquel verano, absolutamente inalcanzable.
Las señales que la playa jamás olvida
Chermsideøya aparece al día siguiente, siete y media de la mañana, con una luz distinta: más baja, más oblicua, tendida sobre el estrecho de Beverlysundet como una sábana recién planchada. La isla toma su nombre de Herbert Chermside, teniente de ingenieros que en el siglo diecinueve acompañó al explorador Benjamin Leigh Smith en una travesía hacia Spitsbergen, y sus dos montañas más altas —Knoll y Tott— reciben, curiosamente, el nombre de unos traviesos personajes de historieta germano-estadounidense, The Katzenjammer Kids, prueba de que hasta la cartografía más severa admite, cada tanto, un guiño de humor.
Sin embargo, lo que realmente detiene el paso en Beverlysundet son las señales trazadas sobre la propia playa: nombres de barcos escritos con piedras alineadas sobre la grava, algunos datados desde 1898, cuando una expedición sueca instaló campamento en Sorgfjorden y sus tripulantes, ociosos entre mediciones científicas, decidieron dejar constancia física de su paso. Aquella costumbre —marcar el territorio con la propia identidad naval, letra por letra, piedra por piedra— se repitió durante décadas, capa sobre capa, hasta formar un curioso palimpsesto litoral donde conviven inscripciones de distintas épocas, distintas tripulaciones, distintas urgencias de trascendencia. Entre ellas sobrevive, incómoda pero innegable, una esvástica trazada en 1939, vestigio mudo de una expedición cuya intención política resulta imposible de disociar del símbolo elegido, y que hoy permanece ahí como advertencia geológica de que ningún paisaje, por remoto que parezca, escapa jamás a la historia que los hombres insisten en escribirle encima.
Más al noroeste, en Kapp Rubin, restos de una antigua estación recuerdan una tragedia menos conocida: la de tres exploradores pertenecientes a cierta expedición polar que, atrapados durante el invierno de 1908 a 1909, sucumbieron uno tras otro al hambre, al frío y a la lentitud desesperante de un rescate que llegó, cuando llegó, demasiado tarde para salvar a ningún sobreviviente. Aquella historia circula entre los guías de expedición casi como leyenda oral, transmitida de temporada en temporada, adornada con detalles que varían según quien la cuenta, pero cuyo núcleo permanece intacto: tres hombres, una cabaña de madera y piedra, un invierno que se negó a terminar a tiempo.
Lo que el ojo encuentra, lo que la memoria retiene
El desembarco en Beverlysundet transcurre bajo protocolos idénticos a los del día anterior: grupos por colores, horarios estimados, un anuncio con quince minutos de anticipación una vez que el equipo de expedición certifica condiciones seguras. A las diez de la mañana, mientras algunos pasajeros todavía caminan entre las inscripciones de piedra, resuena por los parlantes del barco el aviso de un simulacro de emergencia programado: alarmas que sonarán, tripulación que practicará maniobras, servicios que quedarán suspendidos por unos minutos. Ningún pasajero necesita intervenir; basta con proseguir la caminata, con seguir observando cómo la niebla se desplaza sobre Nordkappsundet igual que una cortina indecisa entre abrirse y cerrarse.
A las once y media, de regreso a bordo, Mikhail Barabanov —miembro del equipo de expedición— ofrece una charla sobre migraciones de aves árticas en el Observation Lounge, y explica cómo especies diminutas recorren distancias equivalentes a varias vueltas al ecuador terrestre para reproducirse, brevemente, bajo un sol que jamás se pone. La audiencia escucha entre bostezos de sueño polar y admiración genuina, mientras afuera el paisaje sigue cambiando de forma imperceptible, un glaciar que retrocede unos centímetros, una morsa que asoma el bigote entre témpanos flotantes.
Pensar en Phippsøya y en Chermsideøya como simples coordenadas geográficas equivale a reducir una catedral a sus medidas en metros cuadrados. Ambas islas funcionan, en verdad, como archivos abiertos: repositorios de gestos humanos —científicos, militares, temerarios, trágicos, incluso siniestros— depositados sobre piedra y musgo durante más de dos siglos, expuestos permanentemente a la intemperie más severa del planeta y, sin embargo, extrañamente legibles todavía. Cada desembarco en Zodiac representa, en ese sentido, menos una excursión turística que una lectura: caminar entre inscripciones de grava equivale a pasar el dedo sobre un renglón escrito por manos que llevan un siglo bajo tierra, o bajo hielo, o simplemente disueltas en la memoria colectiva de un archipiélago que sigue, pese a todo, recibiendo visitantes cada verano boreal.
La crónica termina, como empezó, en mitad de una escena: luz que jamás cae del todo, y una playa remota que sigue guardando, piedra por piedra, la memoria entera de quienes se atrevieron a pisarla primero.
Swan Hellenic organiza expediciones que llevan hasta bahías como esta, fieles a su promesa de descubrir lo que permanece habitualmente fuera de la vista. Un glaciar bautizado por un príncipe europeo, miles de aves cantando sobre un jardín ártico, focas indiferentes al paso del hombre, todo eso late en Fjortende Julibukta, esperando a quien decida bajar del barco y mirar de cerca.
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