El fiordo que celebra Francia

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By Flavia Tomaello

Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello
Krossfjorden guarda, en su tramo más recóndito, una bahía cuyo nombre desconcierta a primera vista. Fjortende Julibukta, la bahía del catorce de julio, homenajea la fiesta nacional francesa pese a encontrarse en pleno archipiélago noruego de Svalbard. El príncipe Alberto I de Mónaco bautizó el lugar entre 1898 y 1907, durante sus expediciones oceanográficas por estas latitudes, dejando así una curiosa huella diplomática en medio del hielo ártico.

Frente a esa bahía se despliega Fjortende Julibreen, un glaciar de dieciséis kilómetros de largo y ciento veintisiete kilómetros cuadrados de superficie, con un frente que asciende más de treinta metros sobre el nivel del mar. Su color, entre blanco y azul intenso, contrasta con las montañas oscuras y afiladas de Haakon VII Land, formando una escenografía que parece diseñada por un escultor obsesionado con los ángulos rectos y las masas imposibles.

Subir a un Zodiac frente a semejante paisaje implica aceptar, desde el primer minuto, una escala distinta a la habitual. El bote avanza despacio entre témpanos desprendidos, mientras el guía recuerda mantener distancia prudente del frente glaciar, atento a la posibilidad de un desprendimiento que genere una ola inesperada. Focas descansan sobre plataformas de hielo flotante, indiferentes a la flotilla de embarcaciones que se acerca con motores apagados y cámaras listas.

Un acantilado repleto de vida, ordenado por especie y altura

El verdadero espectáculo, sin embargo, se despliega en el acantilado que domina el norte de la bahía. Miles de aves marinas anidan allí en una organización casi arquitectónica, arrios de Brünnich, gaviotas tridáctilas, fulmares árticos, gaviotas hiperbóreas, mérgulos marinos, frailecillos atlánticos y algún alca torda se reparten los salientes rocosos según reglas que solo ellas parecen conocer. El zumbido constante de esas colonias, miles de voces superpuestas, funciona como banda sonora natural durante todo el recorrido en bote.

Bajo ese acantilado, el guano acumulado durante generaciones fertiliza una franja de tundra que se convierte, en pleno verano ártico, en un jardín inesperado. Renos pastan entre flores diminutas, diente de león polar y erígero negro, especies con distribución restringida en Svalbard que aquí encuentran condiciones excepcionales para prosperar. Gansos careto grande y barnacla cariblanca crían en las laderas cercanas, completando un ecosistema donde la aparente hostilidad del paisaje esconde una fertilidad sorprendente.

Zarcos de hielo azulado, algunos del tamaño de un edificio pequeño, se desprenden ocasionalmente del glaciar con un estruendo que llega segundos después de verse el destello. Ese instante, breve y siempre inesperado, suele quedar grabado con más fuerza que cualquier fotografía tomada durante el resto de la travesía. Osos polares, aunque menos frecuentes en esta bahía específica que en otros puntos del archipiélago, forman parte del imaginario constante que acompaña cada salida, presencia posible que agudiza los sentidos de cualquier tripulante.

Regresar al barco después de horas navegando entre este cruce de historia diplomática, geología imponente y biodiversidad concentrada deja una sensación curiosa, la certeza de haber atravesado, en apenas una mañana, capas de tiempo que van desde el siglo veinte hasta procesos glaciares que se cuentan en milenios. Pocas experiencias logran comprimir tanto contraste en un espacio geográfico tan reducido.Swan Hellenic organiza expediciones que llevan hasta bahías como esta, fieles a su promesa de descubrir lo que permanece habitualmente fuera de la vista. Un glaciar bautizado por un príncipe europeo, miles de aves cantando sobre un jardín ártico, focas indiferentes al paso del hombre, todo eso late en Fjortende Julibukta, esperando a quien decida bajar del barco y mirar de cerca.El fiordo que celebra FranciaKrossfjorden guarda, en su tramo más recóndito, una bahía cuyo nombre desconcierta a primera vista. Fjortende Julibukta, la bahía del catorce de julio, homenajea la fiesta nacional francesa pese a encontrarse en pleno archipiélago noruego de Svalbard. El príncipe Alberto I de Mónaco bautizó el lugar entre 1898 y 1907, durante sus expediciones oceanográficas por estas latitudes, dejando así una curiosa huella diplomática en medio del hielo ártico.
Frente a esa bahía se despliega Fjortende Julibreen, un glaciar de dieciséis kilómetros de largo y ciento veintisiete kilómetros cuadrados de superficie, con un frente que asciende más de treinta metros sobre el nivel del mar. Su color, entre blanco y azul intenso, contrasta con las montañas oscuras y afiladas de Haakon VII Land, formando una escenografía que parece diseñada por un escultor obsesionado con los ángulos rectos y las masas imposibles.
Subir a un Zodiac frente a semejante paisaje implica aceptar, desde el primer minuto, una escala distinta a la habitual. El bote avanza despacio entre témpanos desprendidos, mientras el guía recuerda mantener distancia prudente del frente glaciar, atento a la posibilidad de un desprendimiento que genere una ola inesperada. Focas descansan sobre plataformas de hielo flotante, indiferentes a la flotilla de embarcaciones que se acerca con motores apagados y cámaras listas.
Un acantilado repleto de vida, ordenado por especie y altura
El verdadero espectáculo, sin embargo, se despliega en el acantilado que domina el norte de la bahía. Miles de aves marinas anidan allí en una organización casi arquitectónica, arrios de Brünnich, gaviotas tridáctilas, fulmares árticos, gaviotas hiperbóreas, mérgulos marinos, frailecillos atlánticos y algún alca torda se reparten los salientes rocosos según reglas que solo ellas parecen conocer. El zumbido constante de esas colonias, miles de voces superpuestas, funciona como banda sonora natural durante todo el recorrido en bote.
Bajo ese acantilado, el guano acumulado durante generaciones fertiliza una franja de tundra que se convierte, en pleno verano ártico, en un jardín inesperado. Renos pastan entre flores diminutas, diente de león polar y erígero negro, especies con distribución restringida en Svalbard que aquí encuentran condiciones excepcionales para prosperar. Gansos careto grande y barnacla cariblanca crían en las laderas cercanas, completando un ecosistema donde la aparente hostilidad del paisaje esconde una fertilidad sorprendente.
Zarcos de hielo azulado, algunos del tamaño de un edificio pequeño, se desprenden ocasionalmente del glaciar con un estruendo que llega segundos después de verse el destello. Ese instante, breve y siempre inesperado, suele quedar grabado con más fuerza que cualquier fotografía tomada durante el resto de la travesía. Osos polares, aunque menos frecuentes en esta bahía específica que en otros puntos del archipiélago, forman parte del imaginario constante que acompaña cada salida, presencia posible que agudiza los sentidos de cualquier tripulante.
Regresar al barco después de horas navegando entre este cruce de historia diplomática, geología imponente y biodiversidad concentrada deja una sensación curiosa, la certeza de haber atravesado, en apenas una mañana, capas de tiempo que van desde el siglo veinte hasta procesos glaciares que se cuentan en milenios. Pocas experiencias logran comprimir tanto contraste en un espacio geográfico tan reducido.

Swan Hellenic organiza expediciones que llevan hasta bahías como esta, fieles a su promesa de descubrir lo que permanece habitualmente fuera de la vista. Un glaciar bautizado por un príncipe europeo, miles de aves cantando sobre un jardín ártico, focas indiferentes al paso del hombre, todo eso late en Fjortende Julibukta, esperando a quien decida bajar del barco y mirar de cerca.

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