Cuando el ruedo cambia

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By Flavia Tomaello

Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello

Antes de que aparezca una palabra, el cuerpo ya está hablando. Un taconeo puede ser una pregunta, una espalda que se tensa puede anunciar una disputa, una mirada sostenida durante unos segundos puede cargar una escena entera. En el flamenco, el cuerpo conoce esa gramática de la intensidad, una lengua hecha de ritmo, pausa, golpe, silencio y presencia. También conoce el territorio del enfrentamiento. El escenario puede convertirse en tabla, arena, frontera, lugar de exposición.
Mariana Astutti conoce ese territorio desde adentro, aunque buena parte de su recorrido artístico haya consistido precisamente en correrse de los lugares previsibles. Bailaora, música, coreógrafa y formada además en Artes Combinadas en la Universidad de Buenos Aires, lleva más de dos décadas interrogando aquello que sucede cuando un lenguaje nacido en Andalucía atraviesa otras geografías, otros cuerpos, otras historias. Su flamenco tiene algo de conversación y algo de fricción. Toma una tradición poderosa y la pone a dialogar con una identidad que también necesita encontrar su propia forma de moverse.
En ese recorrido aparece Salir del Ruedo, una obra que nació hace una década y todavía conserva una extraña capacidad para incomodar, divertir y conmover. El próximo 24 de septiembre, Mariana Astutti y Laura Azcurra volverán a encontrarse en el escenario del Centro Cultural Rojas para recuperar ese duelo coreográfico en el que dos mujeres disputan, juegan y ensayan distintas maneras de ocupar un mismo espacio.
El ruedo de esta historia carece de toro, aunque conserva el peligro. Tampoco necesita palabras. Dos cuerpos alcanzan para construir una trama en la que cada movimiento puede ser desafío, provocación, resistencia o alianza. El flamenco aparece allí lejos de cualquier postal turística, despojado de la obligación de reproducir una imagen conocida de Andalucía y convertido en materia para pensar otra cosa.
Ese desplazamiento resulta central en la trayectoria de Astutti. Desde sus primeros trabajos, su investigación artística ha transitado la apropiación del lenguaje andaluz y su encuentro con la identidad local. La pregunta parece sencilla y, al mismo tiempo, abre un territorio enorme: qué sucede cuando una tradición ajena deja de ser observada desde afuera y comienza a atravesar un cuerpo situado en Buenos Aires.
La respuesta jamás es una copia. Aparece en el cruce.
Astutti ha construido obras como La Filo del Acantilado, Salir del Ruedo, Los Abanicos de Chinchero, Canciones para Manila, Preludio Flamenco y Las Diez de la Noche, piezas en las que el flamenco encuentra otras estéticas, otras músicas y otros modos de pensar la escena. Algunas fueron reconocidas con premios y subsidios, mientras que Los Abanicos de Chinchero extendió la investigación hacia el territorio de la música grabada, en un disco de flamenco electrónico realizado junto al músico y productor Macabre.
Esa trayectoria explica que Salir del Ruedo pueda leerse más allá de la anécdota de dos mujeres enfrentadas. El espectáculo trabaja con una idea mucho más profunda, la de los lugares que se asignan, los espacios que se disputan y las identidades que se construyen mientras alguien intenta permanecer dentro de un territorio.
La escena es deliberadamente austera. Un espacio despojado permite que todo recaiga sobre los cuerpos, sobre sus desplazamientos y sobre aquello que ocurre entre ellos. La gestualidad puede volverse grotesca, el humor desarma la solemnidad y la percusión corporal convierte al propio organismo en instrumento. La danza deja de ser únicamente movimiento para convertirse en lenguaje.
En ese punto, el flamenco encuentra una posibilidad particularmente fértil. Su intensidad puede convivir con la ironía. El dramatismo puede quebrarse con una situación cómica. Un gesto que parecía amenazante puede transformarse en juego. La obra avanza justamente sobre esas contradicciones, entre la fuerza y la fragilidad, entre el deseo de imponerse y la necesidad de compartir el mismo espacio.
Astutti y Azcurra crean, interpretan y dirigen la pieza. Esa triple condición vuelve especialmente interesante la relación entre quienes están delante y detrás de la escena. La obra no parece construirse alrededor de una mirada externa sobre los cuerpos, sino desde el interior mismo de esa disputa. Ellas son quienes bailan el enfrentamiento y también quienes deciden sus reglas.
A diez años de su creación, el espectáculo conserva además una pregunta que adquirió una vigencia particular. Las discusiones vinculadas con la colonialidad, la apropiación cultural y las formas en que los lenguajes artísticos viajan entre territorios dejaron de pertenecer exclusivamente al ámbito académico. Hoy atraviesan las conversaciones sobre arte, identidad y representación. Salir del Ruedo se había internado en ese terreno antes de que muchas de esas discusiones alcanzaran la escena cotidiana.
Quizá allí resida una de las razones de su permanencia. La obra no parece interesada en ofrecer una respuesta cerrada. Prefiere instalar el conflicto en el cuerpo y dejar que el espectador decida qué está viendo. Una pelea, una danza, un ritual, una parodia, una negociación. Las posibilidades se superponen.
El humor cumple un papel decisivo. En lugar de solemnizar el enfrentamiento, lo vuelve humano. Dos mujeres pueden medirse con intensidad y, apenas un instante después, desarmar la tensión con un gesto absurdo. La risa permite mirar de nuevo aquello que parecía demasiado serio. También abre una puerta para pensar el poder sin convertirlo en discurso.
La música acompaña esa arquitectura. Las composiciones de Ed Motta, La Shica, Rodrigo Vicente y Cirilo Fernández forman parte de un universo sonoro que amplía los márgenes del flamenco y evita encerrarlo en una definición única. La tradición aparece como punto de partida, jamás como jaula.
Algo parecido ocurre con el vestuario y la escenografía. El diseño de Julio César Matías Begni, junto con el trabajo escenográfico de Ricky González y Paola Gallarato, contribuye a construir una escena de gran economía visual, donde cada elemento tiene una función precisa. Las luces de Pablo Calmet terminan de modelar ese territorio, mientras los asesoramientos coreográficos de Ana Azcurra, Ana Frenkel y Alfonso Barón acompañan una investigación corporal que necesita tanto precisión como libertad.
El resultado tiene una belleza particular porque parece saber exactamente cuánto necesita mostrar. En una época escénica muchas veces dominada por la acumulación, Salir del Ruedo encuentra potencia en la concentración. Dos intérpretes, un espacio, música, cuerpos y una tensión que cambia de forma frente a los ojos del público.
También existe algo profundamente porteño en ese modo de apropiarse del flamenco. Buenos Aires ha sido durante décadas una ciudad capaz de convertir lenguajes llegados de otras geografías en parte de una identidad propia. El tango mismo nació de una mezcla, de encuentros, migraciones, desplazamientos y transformaciones. Quizá por eso la pregunta de Astutti resulte tan productiva: qué hacemos con aquello que recibimos, cómo lo transformamos sin borrar su procedencia y qué identidad nueva aparece en ese proceso.
La artista ha elegido investigar esa zona gris durante más de veinte años. Su formación académica y su práctica escénica avanzan en paralelo, alimentándose mutuamente. El estudio aporta preguntas y la escena devuelve respuestas que rara vez caben en una biblioteca. Entre ambas aparece una poética personal, una forma de entender el flamenco como territorio abierto.
Salir del Ruedo condensa buena parte de esa búsqueda. Su título ya contiene una paradoja. Para salir primero hace falta reconocer el lugar en el que se está. El ruedo puede ser escenario, tradición, mandato, competencia, identidad heredada. Salir implica imaginar qué ocurre cuando se abandona la posición asignada.
La obra fue recientemente declarada de interés cultural y federal por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, reconocimiento que acompaña una pieza que ha construido su recorrido desde una perspectiva artística singular.
El 24 de septiembre, el Centro Cultural Rojas volverá a convertirse en ese espacio de disputa. La función será de entrada libre y gratuita, una circunstancia que agrega otra dimensión a una obra interesada en desarmar fronteras y abrir preguntas.
Quizá el verdadero acontecimiento ocurra antes del primer paso. En ese instante en que las luces bajan y dos cuerpos quedan frente a frente. Todavía nadie sabe quién ocupará el centro, quién avanzará, quién retrocederá, quién convertirá el desafío en juego.
El ruedo está listo.
Pero esta vez la pregunta parece ser otra. Más que descubrir quién gana, importa saber qué sucede cuando ambas deciden que el espacio puede pertenecerles.


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