Safari de aguas brillantes

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By Flavia Tomaello

Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello

En 1846, en la frontera norte de la India, un oficial británico llamado Harry Lumsden se topó con un problema de lavandería. Comandaba el Cuerpo de Guías, una unidad destacada en Peshawar, y sus hombres vestían uniformes blancos que el polvo de la región volvía grises a las pocas horas, por mucho que se los fregara. Según cuenta la tradición, Lumsden mandó teñir las prendas con barro y extractos de plantas, y el resultado fue un tono pardo amarillento tan parecido a la tierra que los soldados parecían brotar de ella. Los guías lo llamaron khaki, palabra de raíz persa y urdu que significa, sencillamente, color del polvo.

Medio siglo después, aquel color de camuflaje se había convertido en el uniforme de una pasión. Los viajeros de la Belle Epoque que partían de safari hacia el África oriental se vestían de pies a cabeza con tela caqui, casco de corcho y botas altas, convencidos de que el tono de la tierra los volvía invisibles ante las presas y respetables ante las crónicas. Safari, en suajili, quiere decir viaje, y por entonces ya significaba rifles, porteadores y campamentos con vajilla y mayordomo en medio de la sabana. Todo estaba pensado para desaparecer en el paisaje y, a la vez, para dejar constancia de haberlo conquistado.

En un rincón del nordeste argentino sucede lo contrario. Allí nadie intenta pasar inadvertido. Históricamente, cada paisano declaraba con un pañuelo al cuello de qué lado estaba, rojo para los autonomistas, azul para los liberales, y la tierra misma, de un colorado intenso, rechaza cualquier tentativa de discreción. Es la provincia de Corrientes, y bajo su suelo rojo se extiende uno de los escenarios de fauna más generosos de Sudamérica, que bien merece el título que la Argentina todavía le debe, el de su gran safari.

Se llama Esteros del Iberá, palabra guaraní que significa aguas brillantes, y ocupa el centro de la provincia con un mosaico de lagunas, camalotes y pajonales que figura entre los humedales más vastos de América Latina. Le sobra con lo que tiene, sin jirafas ni leones. Dispone de carpinchos del tamaño de un perro grande, yacarés que se hacen pasar por troncos, ciervos de los pantanos con las patas oscuras hasta la rodilla, más de trescientas cincuenta especies de aves y un yaguareté que regresa de a poco a su antigua casa. La manera más elegante de llegar consiste en subir tres escalones, como quien asciende una escalinata, la capital provincial, un pueblo colonial y una estancia en el corazón del parque. Cada escalón tiene su hotel, su mesa y su música.

El primero se llama Corrientes, la ciudad que se fundó un 3 de abril de 1588 sobre una barranca del Paraná y que por las siete puntas de piedra que erizaban el río frente a su costa se conoce como la Ciudad de las Siete Puntas. La avenida que lleva la fecha de su cumpleaños la cruza hasta el puente General Belgrano, que la une con Resistencia. El ritual de bienvenida se cumple en la Costanera, que acompaña al Paraná por kilómetros de veredas anchas, playas, plazas, bares y museos, y que conviene recorrer por la mañana o al caer la tarde, porque a mediodía el calor tiene opiniones firmes. Al llegar el crepúsculo, el río se enciende de cobre y media ciudad sale a mirarlo con un mate o un tereré en la mano, ese mate frío con yuyos que acompaña las tardes largas del litoral.

La ciudad guarda también un corazón de devoción y de memoria. El santuario de la Cruz de los Milagros custodia una cruz ligada a la tradición fundacional que los correntinos veneran con ternura, el Museo Histórico ordena el pasado provincial a pocas cuadras del centro, el Museo de Artesanías ocupa una casa del siglo XIX con taller y exposiciones de artistas de la provincia, y el parque Camba Cuá, un pulmón verde a pasos de la Costanera, reúne a su alrededor la Casa Iberá, centro de informes e interpretación que prepara la mirada de quien se dirige a los esteros, y el espacio dedicado al carnaval y al chamamé. Quien llega en febrero encuentra otra ciudad, la de las comparsas de plumas, lentejuelas y tambores que desfilan por el Corsódromo Nolo Alías.

Allí se descubre además el alma de la provincia. El chamamé, música y danza que la UNESCO reconoció en 2020 como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, nació de la canción plegaria guaraní, ese rezo cantado que se mezcló con los instrumentos llegados de Europa, sobre todo con el acordeón diatónico de dos hileras que arribó con los inmigrantes hacia 1870. Suena con acordeón, bandoneón, guitarras, contrabajo y, a veces, violín, y se baila de a dos, con los torsos juntos y las cabezas entrecruzadas, sin coreografía fija, combinando pasos, cambios de figura y zapateos. El grito que lo corona, el sapukái, nace en las entrañas y estalla en la garganta como una alegría que no cabe en el cuerpo. Su figura mayor es Mario del Tránsito Cocomarola, el bandoneonista y compositor al que muchos llaman padre del chamamé, hijo de un acordeonista italiano y de una madre correntina que le cantaba canciones de cuna en guaraní. Un anfiteatro de la ciudad lleva su nombre y recibe cada enero, durante diez noches, la Fiesta Nacional del Chamamé, y en el puente Pexoa se organizan bailantas donde cualquier forastero puede aprender el compás con los pies.

Los sabores completan el cuadro. La cocina correntina conserva el espíritu guaraní y paraguayo, con la mandioca y el maíz como columnas, y se reconoce en el chipá, pan de almidón de mandioca y queso, en el chipá guasú, torta de choclo, en el mbaipy, polenta antigua, y en la sopa correntina, que a pesar del nombre se sirve sólida, como un pastel de maíz con queso y cebolla. Los ríos regalan surubí y dorado, y las sobremesas se riegan con tereré. Conviene aprender estos nombres con la boca llena.

Para dormir entre ladrillo, cuero y sombra de mangos, la capital ofrece una dirección precisa, avenida 3 de Abril 827, a unos veinte minutos del aeropuerto. Allí funciona La Alondra, un hotel de diseño de quince habitaciones levantado sobre una casona de familia en el borde del casco histórico, a cinco minutos en auto del río. La Casa de Huéspedes reúne siete cuartos de unos cincuenta metros cuadrados que miran al patio, donde los mangos tejen una bóveda de hojas, una pileta de doce metros invita a nadar largos de verdad y un muro recuperado de la época colonial custodia la escena con su piel de siglos. Una mesa para veinte comensales aguarda cenas de las que terminan cuando los grillos exigen silencio. A pocos pasos, El Salvador, un antiguo galpón fabril que fue también carnicería, aloja ocho habitaciones y El Galpón, un living íntimo donde una lámpara de cristal cuelga de un techo de hojalata antigua, una fábrica vestida de gala. La Guía Michelin la incluye en su selección y la describe con tres adjetivos que le sientan bien, clásica, contemporánea y tranquila. El Bistró, abierto también a los vecinos, amasa el pan y las pastas en su propia cocina y sigue el calendario de las estaciones, y el desayuno llega con chipacitos tibios que desaparecen de la canasta con velocidad sospechosa. La casa se define como un refugio para nómades de estos tiempos, y los empleados mencionan, sin darle importancia, que siempre se regresa. El primer escalón queda cumplido. Falta subir el segundo.

El pueblo que guarda el compás

A unos 190 kilómetros de la capital, por rutas asfaltadas que se recorren en poco menos de tres horas, aparece Concepción del Yaguareté Corá, cuyo nombre guaraní evoca el corral del yaguareté, el jaguar que gobernó estas tierras antes de que llegaran los apellidos. Se fundó en 1796 y figura entre los pueblos más antiguos de la provincia, condición que la Nación reconoce con el título de Poblado Histórico Nacional. En 1810 pasó por sus calles Manuel Belgrano, y todavía se alzan casas coloniales de galerías profundas, concebidas por constructores que vencían al calor con sombra y paciencia.

Aquí la cultura correntina se contempla sin escenario. El Museo del Hombre de Campo retrata al mencho, como llaman al gaucho de la región, la Pilarcita ocupa un lugar entrañable en la tradición local y un centro de interpretación del Iberá afina el ojo para lo que viene. Cada primer fin de semana de mayo la plaza celebra al peón rural con jinetes, fogones y música, y es el mejor momento para observar la vestimenta típica en su ámbito natural. El hombre luce bombacha de campo, ancha arriba y estrecha en los tobillos, camisa de mangas largas, chaleco, pañuelo al cuello y sombrero o boina, con alpargatas o botas fuertes. La mujer se viste con blusa, pollera amplia de ruedo con volado, en telas de colores intensos, lisas o floreadas, pañuelo al cuello y alpargatas, y baila el chamamé con una gracia que ningún traje de gala logra imitar. Frente al uniforme caqui, que buscaba pasar inadvertido, esta ropa de fiesta exhibe, sin pudor, una identidad.

El pueblo ofrece unas doscientas plazas de alojamiento entre hospedajes familiares y hoteles, y se recorre a pie, en bicicleta o a caballo. Vecinos que se presentan como Cocineros del Iberá abren sus mesas a los visitantes, de modo que el almuerzo adquiere la categoría de visita familiar y el forastero aprende, bocado a bocado, el catálogo regional, el chipá recién horneado, el mbaipy, la sopa, el pescado de río. Concepción conserva la mayor virtud que puede tener un pueblo, la de ser auténtico sin esfuerzo.

En la esquina de Independencia y Capitán Arbo y Blanco, número 402, una casa antigua con galería aguarda a quien llega con el polvo del camino. Se llama La Alondra’i, y el apóstrofo final es el sufijo guaraní que marca lo pequeño con ternura, de manera que el nombre significa la alondrita. La escala de la casa confirma el diminutivo, con cuatro habitaciones, capacidad para diez huéspedes y camas que se arman twin o king. El edificio vivió varias vidas, almacén de ramos generales, barraca de acopio de cueros, casa de familia y hospedaje, y la reforma conservó cada capa. Las habitaciones se abren hacia una galería que sirve de refugio a la hora de la siesta, ese intervalo sagrado en que el aire se detiene, y un jardín de plantas nativas adelanta la vegetación de los esteros. Un bistró pequeño y exclusivo ofrece cocina local, el desayuno viene incluido y la casa dispone de wifi, anfitrión personal, lavandería, traslados y servicio a la habitación. Los viajeros que la eligieron la elogian como base ideal para observar aves y como un sitio donde cada rincón remite a la historia del pueblo.

Los exploradores de la Belle Epoque, que atravesaban continentes en trenes de ventanillas sucias y vapores de ruedas laterales, anotaban en sus libretas el nombre de las posadas pequeñas donde alguien les había servido una sopa tibia. De las catedrales solían olvidarse. De las puertas que se abrieron antes de golpear, jamás. Una noche en esta galería funciona como ensayo general antes de pisar el escenario grande.

La estancia dentro del cuadro

Desde Concepción, un camino de ripio y tierra de 27 kilómetros conduce al Portal Carambola, el acceso oeste del Parque Nacional Iberá, y casi al final, entre pastizales que parecen no terminar, se levanta una casa grande de paredes claras con aire de otro siglo. Se llama El Tránsito. La estancia nació en 1921, cuando el Iberá era una frontera remota, y funcionó durante décadas como establecimiento ganadero, hasta que el abandono hizo su trabajo lento, con las maderas podridas, los tanques herrumbrados y más de treinta años sin mantenimiento.

A comienzos de los años 2000, Kris y Douglas Tompkins, los conservacionistas que impulsaron buena parte de la recuperación del Iberá, adquirieron la propiedad a través de su organización y hallaron una ruina en toda la extensión de la palabra. Les llevó cuatro años continuos restaurar el casco histórico, levantar cien kilómetros de alambrado perimetral para proteger el humedal, retirar las plantaciones invasoras de eucalipto e instalar un modelo de ganadería orgánica que probara que producción y conservación pueden compartir un mismo horizonte. En 2018, la empresa Más Iberá S.A. compró el predio y completó la metamorfosis. Los edificios restaurados forman hoy las habitaciones, el restaurante y los salones del lodge, y la casa lo resume con una frase de austeridad admirable, nada se demolió, todo se reimaginó.

Son trece habitaciones en cinco categorías, Deluxe, Junior Suite, Junior Family Suite, Suite y Casa Yaguareté. La Deluxe ronda los veintisiete metros cuadrados y aloja a dos personas, la Junior Family Suite recibe a cuatro, existen cuartos comunicados para familias numerosas y la Casa Yaguareté, una villa independiente, ofrece la máxima privacidad dentro de un parque nacional. Los menores de tres años se hospedan sin cargo y un cuarto de juegos inspirado en la fauna del humedal entretiene a los pequeños naturalistas. El restaurante abre sus ventanales hacia el campo, el bar y el salón reúnen a los huéspedes después de la última salida del día, y la pileta, abierta todo el año, recibe a veces la visita de un carpincho sin invitación.

El Parque Nacional Iberá nació en 2018 sobre 183.000 hectáreas de antiguos campos ganaderos donados al Estado argentino con fines de conservación, y el lodge se asienta dentro de ese territorio. En el Portal Carambola, la Fundación Rewilding Argentina coordina el regreso del oso hormiguero gigante y del pecarí de collar, y en el conjunto del parque se desarrollan programas para diez especies, entre ellas el yaguareté, el mayor felino del continente, que volvió a reproducirse en libertad en Corrientes tras décadas de ausencia. La prensa internacional de viajes comparó el proceso con el regreso del lobo a Yellowstone.

La tarifa funciona con pensión completa y todo incluido. Se sirven un desayuno buffet, un almuerzo y una cena de tres pasos y una merienda con té, con bebidas en cada servicio, cocteles de autor y una selección de vinos. La cocina trabaja con productos de estación y de productores locales, y reinterpreta los sabores correntinos con un toque casero que los visitantes celebran. Las excursiones guiadas por naturalistas, los traslados internos y la barra libre forman parte del mismo precio, y los extranjeros quedan exentos del IVA del 21 por ciento. El menú de actividades supera, según un huésped, las diez opciones, y se acomoda alrededor de las comidas con precisión de relojero. Se camina, se rema en kayak, se navega en lancha, se cabalga con el agua hasta las rodillas, se madruga para el safari del alba y se sale de noche a buscar ojos que brillan entre los pastos. Los aficionados a la pesca disponen de un programa de dorado con devolución al agua.

La joya del repertorio pertenece en exclusiva al Portal Carambola y mereció el elogio de la prensa especializada, la canoa tirada por caballos. La embarcación se desliza sobre un agua inmóvil arrastrada por equinos que avanzan con el agua al pecho, mientras el silencio hace de motor y las aves se miran en el espejo del estero. Se llega por tierra desde Corrientes en unas dos horas y media o tres, o en avioneta, porque la propiedad cuenta con una pista privada inscripta ante la autoridad aeronáutica argentina, lo que la ubica entre los poquísimos lodges del país a los que se puede volar. La señal de celular es inexistente y el wifi es veloz, y se aconsejan al menos dos noches, aunque casi todos los comentarios sugieren que tres es el número exacto en que el reloj del viajero cambia de huso. El Iberá se visita todo el año, y el otoño, el invierno y la primavera ofrecen las temperaturas más amables. Los guías hablan castellano como lengua principal, de modo que conviene confirmar al reservar la disponibilidad de uno en inglés.

Las reseñas insisten en el trato. Hablan de una bienvenida con degustación regional apenas se baja del auto, de menús que se anuncian el día anterior y admiten cualquier ajuste, de guías que además de señalar animales cuentan la historia del lugar y de un equipo, desde la recepción hasta la cocina, que atiende cada detalle desde antes de la llegada hasta después de la partida. National Geographic Traveller del Reino Unido incluyó la estancia en su colección de experiencias, y la casa exhibe una calificación de 4,9 en Google y el premio de Booking.com a la opinión de los viajeros en 2026.

Queda la última tarde. El sol baja sobre el esterón, los pastizales se vuelven cobre y el agua devuelve un cielo que parece encendido desde abajo. Entre los árboles de la estancia, los pájaros reclaman su turno de canto, y un carpincho cruza el camino con la calma de un funcionario que cumple su ronda. Los safaris de comienzos del siglo XX se medían por lo que se llevaba, cabezas, pieles, colmillos. Este se mide por lo que se deja, la distancia, el silencio y el derecho de cada criatura a seguir siendo dueña de su territorio.

Al partir, la camioneta levanta del camino de ripio una nube de polvo colorado que se pega a las botas, a los bolsos y a la ropa. Es el khaki verdadero de estas tierras, el color del polvo en su versión correntina, más encendido que el de Peshawar y más generoso que el de la sabana. Los soldados de Lumsden tiñeron sus uniformes para desaparecer. El viajero hace lo contrario. Regresa a la capital con la tierra roja del Iberá en las suelas, y quien lo mire entenderá de inmediato de qué lado estuvo. Si alguien le pregunta alguna vez por su bando, como se les preguntaba a los paisanos con el pañuelo al cuello, responderá en voz baja, con una sonrisa de rojo y de agua, que pertenece, sin remedio, a las aguas brillantes.


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