El Récord que Tardó un Siglo

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By Flavia Tomaello

Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello

En 2024, algo cambió en los libros de estadísticas del béisbol que nadie esperaba. Major League Baseball terminó de incorporar a sus registros oficiales las marcas de las Ligas Negras jugadas entre 1920 y 1948, y de un día para el otro, un catcher llamado Josh Gibson pasó a encabezar el promedio de bateo más alto de toda la historia de las Grandes Ligas, por delante de leyendas como Ty Cobb, que habían dominado ese número durante más de cien años. Gibson murió en 1947, antes de que la barrera racial del béisbol cayera del todo. Nunca jugó un solo partido oficial de Grandes Ligas. Y sin embargo, casi ochenta años después de su muerte, terminó arriba de todos.
La historia detrás de ese cambio de récord no se escribió en una oficina de Nueva York. Se viene contando, desde 1990, en un edificio de ladrillo del barrio de 18th & Vine, en Kansas City: el Negro Leagues Baseball Museum.
Para entender por qué este lugar existe hay que volver casi 140 años atrás. A mediados de la década de 1880, un acuerdo informal entre dueños de equipos —nunca firmado, pero respetado al pie de la letra durante más de sesenta años— expulsó a los pocos jugadores afroamericanos que quedaban en el béisbol organizado de Estados Unidos. La respuesta de las comunidades negras no fue resignarse: fue armar una liga propia, con sus propias reglas, sus propias estrellas y, eventualmente, su propia economía. El nombre que encabeza esa historia es Andrew “Rube” Foster, ex jugador y dueño de los Chicago American Giants, a quien hoy se reconoce como el padre del béisbol negro organizado. El 13 de febrero de 1920, Foster convocó a ocho propietarios de equipos independientes a una reunión en el Paseo YMCA de Kansas City, uno de los primeros YMCA del país pensados para la comunidad afroamericana, y de ese encuentro salió la Negro National League. Con los años se sumaron ligas hermanas —la Eastern Colored League en 1923, la Negro American League en 1937— y el béisbol negro se convirtió en uno de los motores económicos más importantes de esas comunidades: el East-West All-Star Game, que se jugaba cada verano en el Comiskey Park de Chicago, llegó a juntar más público que el propio Juego de Estrellas de las Grandes Ligas.
Kansas City tuvo un lugar central en ese mapa. Los Kansas City Monarchs, propiedad del empresario J.L. Wilkinson, fueron una de las franquicias más longevas y ganadoras de toda la historia de las ligas, entre 1920 y 1965, y Wilkinson fue pionero en instalar un sistema portátil de luces para jugar de noche allá por 1930, mucho antes de que las Grandes Ligas lo adoptaran. Por ahí pasaron Satchel Paige, uno de los lanzadores más dominantes que dio el béisbol en cualquier liga, y un primera base de nombre John “Buck” O’Neil, que años después tendría un papel todavía más importante en esta historia que el de jugador.
En 1945, los Brooklyn Dodgers reclutaron de los Monarchs a un jugador llamado Jackie Robinson, que dos años después se transformaría en el primer afroamericano de la era moderna en jugar en las Grandes Ligas. Fue un quiebre histórico para el deporte y para los derechos civiles del país. Pero también fue, paradójicamente, el principio del fin para las Ligas Negras: los mejores jugadores empezaron a ser reclutados por el béisbol blanco, y el público los siguió. Los últimos equipos cerraron a comienzos de los años sesenta, y con ellos se fue apagando, durante décadas, el recuerdo público de lo que esas ligas habían significado.

De una oficina de un solo ambiente a un templo de bronce

Quedaron, eso sí, los jugadores que vivieron para contarlo, y entre ellos, Buck O’Neil. En 1990, junto al ex outfielder Alfred “Slick” Surratt, el archivista Horace M. Peterson III y los investigadores Larry Lester y Phil Dixon, O’Neil ayudó a fundar el Negro Leagues Baseball Museum. Abrió al público al año siguiente en una oficina diminuta, de un solo ambiente, con algunas fotos en la pared. Bob Kendrick, hoy presidente de la institución, todavía cuenta que cuando llegó por primera vez buscando el museo, alguien le señaló esa habitación y le dijo, con total naturalidad, que ya estaba parado adentro.
O’Neil tenía una idea clara desde el principio: no quería construir un Salón de la Fama paralelo. Quería un museo. Si alguien era lo suficientemente bueno, decía, merecía estar en el verdadero Salón de la Fama de Cooperstown, no en una versión separada. En noviembre de 1997 el museo se mudó a un edificio de veinte millones de dólares en pleno distrito de 18th & Vine, donde hoy comparte espacio con el American Jazz Museum, y en julio de 2006 el Congreso de los Estados Unidos lo distinguió oficialmente como el único museo nacional dedicado a esta historia.
El recorrido actual es autoguiado y avanza cronológicamente, desde el béisbol comunitario del siglo XIX hasta la disolución de la última liga en 1962, con fotografías, paneles, proyecciones —una de ellas narrada por James Earl Jones— y una sala de casilleros con uniformes y guantes de uso real, incluidos los de Gibson, a quien por su poder al bate apodaban “el Babe Ruth negro”. El cierre del recorrido es el Field of Legends: trece estatuas de bronce de tamaño real, una por cada uno de los primeros jugadores de Ligas Negras incorporados al Salón de la Fama. Una alambrada de gallinero separa al visitante de ese campo durante todo el recorrido, y solo se abre al final, como si caminar entre esas estatuas fuera un privilegio que hay que ganarse después de conocer la historia completa. Ahí está Satchel Paige lanzando desde el montículo, Cool Papa Bell —de quien se cuenta que era tan rápido que podía apagar la luz de un interruptor y estar en la cama antes de que la habitación quedara oscura— y Buck O’Neil, dirigiendo el equipo desde la posición de mánager, tal como lo hizo en la vida real con los Monarchs.
O’Neil murió en 2006, a los 94 años, después de pasar casi dos décadas recorriendo el país para mantener viva esta historia. Ese mismo año estuvo a un solo voto de entrar al Salón de la Fama. No llegó a verlo: recién en 2022, dieciséis años después, fue incluido de manera póstuma. Hoy, el edificio que funciona como centro educativo del museo está instalado en el restaurado Paseo YMCA —el mismo lugar exacto donde Rube Foster fundó la liga en 1920— y lleva su nombre.
Visitar el museo, en 1616 E 18th Street, de martes a sábado de 10 a 17 y domingos de 12 a 17, con entrada general de 20 dólares para adultos, no es solo un repaso histórico. Es, en cierto modo, la explicación de por qué un catcher fallecido hace casi ochenta años terminó, en 2024, encabezando un récord que las Grandes Ligas tardaron un siglo entero en reconocerle.


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