Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello
Nápoles se despliega como un lienzo que nunca termina, donde cada calle, cada plaza y cada colina parece contener un relato propio. La ciudad respira con intensidad, mezclando la solemnidad de sus iglesias con la vitalidad de los mercados, los cafés y las terrazas, y su historia se percibe en cada detalle: en los portales antiguos, en los balcones cargados de macetas, en las escaleras que ascienden y descienden sobre la ladera del monte San Martino. Cada paseo invita a descubrir secretos, a imaginar la vida de quienes habitaron estas calles siglos atrás, a escuchar la ciudad con todos los sentidos abiertos.
En lo alto de una de esas colinas, donde la brisa del golfo acaricia los muros y la vista se pierde en el horizonte, se encuentra el antiguo convento de Santa Lucia al Monte. Fundado en el siglo XVI, comenzó como una pequeña celda excavada por Fray Agostino da Miglionico, miembro de la Orden de los Frailes Menores Conventuales, conocidos como los Barbanti por sus largas barbas. Ese primer espacio de recogimiento y oración se transformó con el tiempo en la iglesia dedicada a Santa Lucía Virgen y Mártir y luego en un complejo religioso organizado, que creció con la paciencia de los siglos sobre la ladera, conservando la intimidad de la vida monástica y la conexión con la ciudad que se extendía abajo.
Hoy, el Hotel San Francesco al Monte ocupa el ala izquierda del convento, gracias a un proyecto de restauración y adaptación desarrollado por el arquitecto Luciano Raffin. La transformación logró mantener la esencia histórica del lugar, respetando cada fragmento de fresco, cada baldosa antigua y cada rincón cargado de memoria. Recorrer sus pasillos es viajar entre tiempos, observar la armonía entre la arquitectura original y la sensibilidad contemporánea que permite que hoy los visitantes disfruten de un espacio cálido, lleno de historia, arte y confort.
El convento conserva espacios de enorme valor artístico y espiritual. La Capilla de San Giovan Giuseppe della Croce, patrono de Ischia, sigue siendo un centro de devoción, mientras que la Sala del Forno y el refectorio mantienen los frescos y decoraciones que evocan la vida de los monjes. En el tercer piso se conserva la celda donde el santo pasó sus últimos doce años. Su historia permanece viva a través del milagro de los albaricoques que crecían a su alrededor en pleno invierno y su beatificación en 1789. La celda fue transformada en capilla votiva, y la silla en la que se sentaba a orar se convirtió en un objeto de culto que, según la tradición, protegía a las mujeres embarazadas. Este patrimonio tangible y legendario impregna todo el lugar de una atmósfera de recogimiento y misterio que sigue fascinando a cada visitante.
El hotel combina esta riqueza histórica con un enfoque artístico contemporáneo. En colaboración con la Fondazione Morra, desde la recepción hasta los pisos superiores se exhiben obras de artistas del segundo Novecento, tanto nacionales como internacionales. Figuras como Arman, Nanni Balestrini, Hermann Nitsch, Luca Maria Patella, Vettor Pisani, Shozo Shimamoto y Paul Renner conviven con artistas napolitanos como Renato Barisani, Carmine Di Ruggiero, Augusto Perez, Gianni Pisani, Errico Ruotolo y Domenico Spinosa. Cada pieza incluye información accesible mediante códigos QR, convirtiendo el recorrido en una experiencia cultural y educativa, donde el arte contemporáneo dialoga con la arquitectura monástica, ofreciendo un contraste enriquecedor y estimulante para los sentidos.
Una vista que trasciende la ciudad
Hospedarse en San Francesco al Monte significa situarse en un espacio donde la altura permite una perspectiva inédita de Nápoles. Desde las terrazas y la piscina panorámica, el golfo se despliega con su luz cambiante, el Vesubio se recorta contra el cielo y Capri aparece como un remanso lejano. El jardín elevado y los espacios exteriores funcionan como balcones hacia la ciudad, invitando a la contemplación y a la pausa, lejos del ritmo frenético de las calles, ofreciendo un lugar para respirar y mirar.
Las antiguas celdas monásticas, adaptadas para ofrecer habitaciones confortables y llenas de encanto, mantienen la sensación de recogimiento que definió al convento durante siglos. La otra ala del edificio alberga actualmente la Facultad de Derecho de la Universidad Suor Orsola Benincasa, un recordatorio de la vocación intelectual y cultural de este lugar. Cada espacio refleja un equilibrio entre historia y modernidad, donde la arquitectura, el arte y la memoria se combinan de manera natural.
La oferta gastronómica refuerza esta experiencia. La Terrazza dei Barbanti propone la cocina mediterránea reinterpretada con respeto por la tradición partenopea, combinando sabores locales con una presentación refinada y una cuidada selección de vinos de Campania. Cada comida se convierte en un ritual que acompaña la contemplación del paisaje, un acto de placer consciente y elegante.
Al atardecer, el bar de la terraza se transforma en un punto de encuentro privilegiado, donde el piano acompaña conversaciones discretas mientras el cielo sobre el golfo se tiñe de tonos cálidos. En los meses fríos, el bar del claustro ofrece un refugio más íntimo, con luces suaves, grandes arcos y pisos de terracota, invitando a la lectura y al disfrute de cafés y tés con calma.
Durante el verano, el séptimo piso se convierte en un oasis urbano. Bajo la sombra de una pérgola cubierta de viñas, el restaurante Il Vigneto permite almuerzos ligeros y momentos de relajación junto a la piscina, con una vista que va de Capodimonte a Capri atravesando las cúpulas del centro histórico. Cada detalle está pensado para armonizar naturaleza, arquitectura e historia en un mismo gesto.
El hotel propone una forma única de descubrir Nápoles. Desde la altura, la ciudad se observa con otros ojos, apreciando la fusión de tradición, historia y vida contemporánea. La devoción del pasado se transforma en contemplación laica, la serenidad convive con la vitalidad urbana y cada paso invita a detenerse y observar.
Al finalizar la estadía, la sensación es la de haber habitado un espacio donde los tiempos conviven y se superponen sin borrarse. Una celda del siglo XVI convive con una instalación contemporánea, un fresco antiguo comparte protagonismo con un atardecer sobre el golfo. Desde esa colina que alguna vez fue llamada simplemente la montaña, Nápoles se revela más cercana, más íntima y más intensa.
La experiencia deja de ser una simple visita para convertirse en un recuerdo vivo, un registro de emociones y paisajes que permanece, como un susurro constante de la ciudad y de su historia, guardado para siempre en la memoria de quienes la vivieron desde lo alto.
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