Recorrer la memoria del Imperio

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By Flavia Tomaello

Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello

Emily Cooper llegó a Italia con la ligereza de quien cree que el viaje será un paréntesis glamoroso. La serie la mostró caminando entre ruinas, sorprendida por una belleza que parecía surgir con naturalidad. Ese instante televisivo, diseñado para encantar a millones de espectadores, funcionó como un recordatorio silencioso: Ostia Antica no necesita artificios para destacar. La ciudad romana mantiene una autenticidad que se impone ante la cámara más estilizada. La ficción la eligió por su atmósfera naturalmente cinematográfica, cada calle conserva texturas que no requieren retoques, la luz que baña la piedra posee un magnetismo imposible de recrear artificialmente.

Ostia Antica se encuentra a pocos kilómetros de Roma, lo suficiente cercana para convertirse en una escapada inmediata, lo suficiente distinta para sentirse como un viaje en el tiempo. La antigua ciudad portuaria surgió en la desembocadura del Tíber, en un punto estratégico donde el río se abría al mar y el Imperio encontraba su acceso a mercancías, ideas y personas. Su fundación se atribuye a Anco Marcio, cuarto rey de Roma, quien comprendió la importancia de controlar ese territorio. Con el paso de los siglos, Ostia se transformó en un centro comercial vibrante, un cruce de culturas que anticipó la diversidad mediterránea.

El visitante actual descubre un sitio arqueológico sorprendentemente íntegro. Las calles conservan los surcos de los carros, las fachadas guardan inscripciones que anunciaban oficios, los mosaicos muestran la identidad de los gremios que operaban en el puerto. La ciudad se despliega como un mapa vivo de la vida cotidiana romana, con una claridad que supera incluso la del Foro. La escala humana permanece intacta, la arquitectura doméstica convive con los espacios públicos, los talleres se abren hacia las calles como si aún esperaran a sus artesanos.

La presencia de Ostia Antica en Emily in Paris no obedeció al azar. La serie buscaba un escenario capaz de transmitir autenticidad sin solemnidad, un lugar donde la protagonista pudiera moverse con naturalidad mientras atravesaba un espacio histórico. Ostia ofrecía exactamente eso. Sus ruinas invitan en lugar de intimidar, sus calles acompañan sin imponer, su silencio se convierte en memoria. La cámara encontró allí un equilibrio perfecto entre pasado y presente, entre monumentalidad y cotidianeidad.

Recorrer la ciudad arqueológica permite comprender la vida romana desde adentro. No se trata de un conjunto de monumentos aislados, sino de una trama urbana completa. Las casas de alquiler muestran cómo vivían las clases medias, los almacenes revelan la logística del comercio, las tabernas conservan los mostradores donde se servían comidas calientes, las termas exhiben la sofisticación del sistema de calefacción y circulación de agua. Cada rincón ofrece una escena que podría filmarse sin escenografía adicional.

La ciudad intacta, reflejo de la vida cotidiana del Imperio

El Teatro Romano constituye uno de los espacios más conmovedores de Ostia Antica. Construido en tiempos de Augusto y ampliado por Septimio Severo, conserva una acústica sorprendente. Sentarse en sus gradas semicirculares permite imaginar el murmullo del público, el sonido de las sandalias sobre la piedra y la vibración de las voces que llenaban el escenario. La serie aprovechó esa atmósfera para crear un momento que unía historia y encanto, aunque la realidad supera cualquier ficción. El teatro mantiene su magia y una energía que se percibe incluso cuando permanece vacío.

El Piazzale delle Corporazioni representa otro punto central del recorrido. Sus mosaicos en blanco y negro muestran los símbolos de los gremios que operaban en el puerto: comerciantes de África, navegantes de Alejandría, transportistas de Cerdeña, mercaderes de aceite, vino y cereales. Cada dibujo funciona como sello de identidad, marca comercial y declaración de pertenencia. La diversidad del Imperio se hace visible en estas imágenes que aún conservan una precisión admirable.

Las Termas de Neptuno revelan la importancia del agua como espacio social. Los mosaicos que representan al dios del mar rodeado de criaturas marinas constituyen una obra maestra del arte romano. La disposición de las salas, los restos de los hipocaustos y la amplitud de los patios permiten reconstruir la vida comunitaria que allí se desarrollaba. Las termas funcionaban como gimnasios, centros de reunión y lugares de descanso. Ostia conserva esa dimensión social con una claridad sorprendente.

El Caseggiato del Termopolio constituye uno de los rincones más fascinantes. La taberna mantiene el mostrador original donde se servían comidas calientes, las ánforas empotradas y los estantes para exhibir productos. Los visitantes pueden imaginar el aroma de los guisos, el bullicio de los clientes y el ritmo diario de una ciudad que vivía del comercio y del tránsito constante de personas. La gastronomía romana se vuelve tangible en un espacio detenido en el tiempo.

El Foro conserva la solemnidad de los centros cívicos romanos. Sus templos, basílicas y espacios administrativos revelan la estructura política de la ciudad. Lo que distingue a Ostia es la convivencia entre lo monumental y lo doméstico. La ciudad distribuye sus funciones de manera equilibrada, permitiendo comprender la vida romana desde una perspectiva amplia, centrada en la experiencia cotidiana más que en la élite.

La Sinagoga de Ostia, una de las más antiguas de Europa occidental, confirma la diversidad religiosa y cultural del puerto. Su presencia demuestra que Roma fue desde sus orígenes un cruce de caminos donde convivían múltiples tradiciones. La ciudad recibía no solo mercancías, también ideas, creencias y modos de vida.

Ostia Antica se convierte en un viaje a la intimidad del Imperio. No se trata de contemplar ruinas, sino de escuchar voces. La piedra conserva memoria que se activa con cada paso. La luz revela detalles que permanecieron ocultos durante siglos. El silencio permite imaginar escenas ausentes en los libros de historia. La ciudad invita a caminar sin prisa, detenerse en un mosaico, leer una inscripción y tocar un muro que aún conserva la textura del tiempo.

Emily Cooper, con su mirada curiosa y su paso ligero, funcionó como guía involuntaria para una audiencia global. La serie mostró apenas un fragmento de lo que Ostia ofrece, pero despertó una intuición poderosa: la belleza de este lugar no necesita explicaciones. La ciudad sigue respirando bajo la luz del presente, lista para revelar su historia a quien decida recorrerla.


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