Por amor a la contemplación

Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello

El campo parece quedo y callado, pero su vida interior es burbujeante. No hay feriados ni fines de semana, siempre pasan cosas… pero también siempre pasa el mismo campo: que llena de verde los ojos y de calma el alma. Esa es la invitación de La Eloísa, un sitio que no se detiene, pero que guarda un espíritu de serenidad.

Un complejo que apuesta por las tradiciones argentinas. Con cría de caballos, cuatro casonas de diferentes estilos que cuentan con su propio campo, apenas a unos 100 kilómetros de la Capital Federal, cerca de General Las Heras, canchas de polo y un parque que une todo el complejo transformado en campo de golf de 9 hoyos par 36.

El casco de la estancia La Eloisa (http://www.estancialaeloisa.com/) tiene unos 60 años y un definido estilo arquitectónico, el inglés; una veleta de hierro con forma de vaca en lo alto y, junto a la galería principal, un alcanfor frondoso cuyas largas y pesadas ramas cobijan un viejo aljibe. Allí se arma el bar. Bajo el fresco de la copa y con el reuso del espacio, las horas se pasan largas y cómodas, mientras el pasto crece, el sol hace su camino y las nubes dibujan filigranas en el cielo.

Está rodeada por un parque de diez hectáreas. La familia Aguilar compró, hace unos veinte años, 450 hectáreas de campo donde, además de una aguada y bosques de robles, pinos y araucarias, había una cabaña de toros que convirtieron en caballeriza y una vieja y olvidada fábrica de dulce de leche.

La apertura a la actividad turística ha sido reciente y no fue resultado de una decisión preestablecida, sino consecuencia de la propia gestión del campo. La cría de caballos de polo ha atraído a decenas de visitantes que los testean y eligen mientras descansan en la hacienda. Hoy se ha convertido en una experiencia sólida, donde los los huéspedes se sienten como en su propia casa. Y todo con apenas el decir de unos a otros.

Mi casa en el campo

Nada más lejos que un hotel de la experiencia que propone La Eloísa.  Aquí la idea es meterse en un sueño. En una historia de las que han transitado la pampa. Hacerse de una de las casas señoriales, elegir entre los cuatro estilos disponibles, instalarse con la mirada en el horizonte, y casi no llegar a ver a los vecinos. El tránsito es apacible. La luz del sol de verano se mete por las ventanas  y se esconde tras las celocías.

La casa El Alcanfor, de estilo inglés, tiene dos plantas y una galería. Su señorío se expresa en una deco cuidada, con bliblioteca y alfombras orientales, lecturas bien criollas y arte de campo, recovecos propios del encuentro cercano y silencioso, siempre de charla y reunión. Es sorprendente el estilo por el cual las habitaciones cuentan en su gran mayoría con baños privados. Tan bello como tranquilo, el espacio invita a la lectura, a mirar el verde frente al campo de golf o a cálidas reuniones familiares.

La segunda casa es La Aguada, de estilo colonial, con una gran galería que ofrece una doble experiencia: sentirse  en el campo y en el propio hogar, rodeados de objetos cotidianos con sello rural. Ambas casas cuentan con su propia pileta.

Pero aún quedan dos propiedades más que brillan con identidad y cuajan con opciones particulares para los visitantes, siempre con vistas a la esencia del campo argentino.

Durante la estadía, hay a disposición cuatro bolsas de palos de golf para disfrutar de la cancha. También se ofrecen paseos en carruaje, cabalgatas, canchas de tenis y paddle, o vóley, cróquet y fútbol, mientras los más amantes de la naturaleza pueden disfrutar de un buen paseo para avistar las aves propias de la región pampeana. Zorzales, horneros, caranchos, chimangos, pechos colorado acuden a la cita… sólo es cuestión de tiempo y un buen par de binoculares. Y la crianza de caballos de polo también está entre las actividades de la estancia, de modo que es posible asistir a las diferentes tareas que se realizan en el cuidado de estos animales que suelen atraer a clientes extranjeros.

Apacible en su efervesencia. Con la calma que se cuece en el campo mientras mil cosas ocurren. La experiencia es ir a dejar que al visitante le suceda lo rural en toda su magnitud. Ir permeable a ver de qué se trata. Porque, de hecho, se trata de una maravilla.

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