La ex monja que compartió el convento que inspiró “Cautiva”

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By Pablo Casabona

Evelyn Garay tenía 16 años cuando una barranca se desprendió sobre la avenida Estrada, en el barrio Bajada Grande de Paraná, y la pared de la habitación donde dormía su hermano de 18 se le vino encima. Lo mató mientras dormía. En la misa de cuerpo presente, el padre Matías, el cura de la parroquia, dijo una frase que Garay repite todavía, más de dos décadas después, desde Valencia, España, donde vive hace cuatro años. “El dolor aleja o acerca a Dios”. A ella la acercó.

Evelyn, que desde los 13 años daba catequesis y hacía tareas para la iglesia, decidió algo que formuló con la certeza de quien no tiene alternativa. “Si mi hermano que ha fallecido creo que tiene vida eterna, entonces también siento que tengo vocación religiosa. Iré por las buenas o por las malas”.

Su llegada al Carmelo de Nogoyá

Pasó un año y medio con las hermanas mercedarias de Paraná. Participó en retiros espirituales en la casa central de Córdoba. Conoció la espiritualidad de la orden, su obra en colegios y comunidades. Pero en un retiro espiritual decidió que necesitaba algo más radical. “Para que mi sacrificio valga”, dice que pensaba entonces.

Entre octubre y noviembre de 2001, Evelyn fue sola al Carmelo de Nogoyá, en Entre Ríos. Se escapó del colegio para la primera visita. Después asistió a una ceremonia de profesión solemne. Vio a una monja postrada en el suelo con las manos extendidas mientras le tiraban pétalos de flores y las religiosas cantaban. “Me impactó muchísimo”, cuenta. Cuatro meses después, el 2 de febrero, entró como postulante. Tenía 19 años.

La ex monja que compartió el convento que inspiró "Cautiva"
La ex monja que compartió el convento que inspiró “Cautiva”

El Monasterio de la Preciosísima Sangre y Nuestra Señora del Carmen sería años después el centro de un caso judicial. Terminó con la condena de la priora Luisa Toledo a 3 años de prisión efectiva por privación ilegítima de la libertad agravada por violencia y amenazas. El fallo fue del Tribunal de Juicio y Apelaciones de Gualeguay en junio de 2019.

La historia de Silvia Albarenque, compañera de Garay en el noviciado, inspiró la serie “Cautiva”, estrenada en septiembre de 2026 en Flow.

La carta sobre el pelo rubio de su madre

Los primeros seis meses fueron de postulantado. Evelyn tenía que usar el pelo corto, sin velo ni hábito. Después llegó la toma de hábito y el cambio de nombre. Evelyn Garay dejó de existir. En su lugar apareció Mariana del Espíritu Santo. Eran 16 monjas. Ella era la última.

Las habitaciones se llamaban celdas. Garay aclara que la palabra viene de las celdas de las abejas, no de la cárcel, pero se ríe cuando lo dice. “Claro que pensamos en una cárcel”, sostiene. El convento funcionaba con las constituciones más rígidas de la orden carmelita. Textos que todavía mencionan al rey de España porque la orden salió de ahí. Garay las describe como medievales.

La obediencia era el eje de todo. “Si te dicen doble para la derecha, después para la izquierda, después para la derecha, estás en el mismo lugar. No tenés que cuestionar”, afirma. Lo que buscaban, dice, era matar la personalidad. “La particularidad, la personalidad que vos creaste hasta ese momento se apaga, se muere, se mata”.

La jornada era un circuito cerrado entre el coro y las tareas. La liturgia de las horas demandaba entre siete y ocho horas diarias de rezo. Las visitas se hacían a través de una reja, en el locutorio. La primera vez que Garay quiso tocar la mano de su madre o de su abuela, le sacaron la mano. No podía ni rozarles los dedos. “Bueno, empezaba el sacrificio”, dice.

Bajo el mandato de la madre María de los Ángeles, le ordenaron escribirle una carta a su madre porque se había presentado a una visita con el pelo teñido de rubio. La orden era directa. Tenía que teñirse el pelo nuevamente oscuro porque a Dios no le agradaba ese color. La primera carta que le escribió a su madre fue esa.

El alambre con púas y los latigazos en la oscuridad

Las mortificaciones no se mencionaban durante la postulación. Aparecían después de la toma de hábito. “Ahí te muestran cuáles son los sacrificios físicos que tenés que imponerte vos misma. Y como vos ya estás aprendiendo a ser una monja, lo aceptás”, admite Evelyn.

El convento de Nogoyá usaba dos instrumentos que figuraban en las reglas y constituciones de la orden. El cilicio y la disciplina. El cilicio era un tejido de alambre con puntas de púa que se ajustaba alrededor de la pierna. Garay dice que terminaba sangrando. Le quedaron marcas.

La disciplina era un látigo. La autoflagelación se realizaba en comunidad, durante el rezo de un salmo, en la oscuridad. Garay corrige lo que muestra la serie “Cautiva”. Los golpes no eran en la espalda, sino sobre las nalgas.

En agosto de 2016, tras la denuncia que publicó la revista Análisis de Entre Ríos, la policía allanó el convento. Secuestró 14 disciplinas de tiento trenzado de 50 centímetros, endurecidas con cera y nudos. 14 cilicios metálicos, bandas de alambre tejido con púas. Y mordazas caseras fabricadas con tubos de plástico rígido de suplementos vitamínicos.

Garay revela que sentía después de golpearse. “Te sentís vacío, te sentís confundido, te sentís que no has aprendido nada de la religión”. Lo peor, dice, era que ese proceso lo hacía sola. La respuesta institucional era una sola frase que se repetía en loop. “Tenés que entregar el dolor, entregar el dolor, entregar el dolor, unirlo a Jesús crucificado”.

Tres o cuatro conversaciones en tres años

Evelyn Garay y Silvia Albarenque coincidieron en el noviciado del Carmelo de Nogoyá. En más de tres años cruzaron muy pocas palabras. “Habremos hablado unas tres o cuatro veces, pero nunca de nosotras”, cuenta Garay. Hoy se escriben todos los días.

Las reglas del convento prohibían mirarse a los ojos, tocarse las manos, comunicarse fuera de los horarios permitidos. Una de las hermanas profesas buscó tener un vínculo diferente con Garay. “No era sexual, pero era algo que dentro del convento estaba prohibido”. Garay habló con la madre maestra. La hermana negó todo y la acusó a ella. Garay se quedó callada. Ese fue el clic que la decidió a querer salir.

Albarenque, en cambio, permaneció cautiva casi seis años después de manifestar su voluntad de irse. Toledo destruía o escondía sus pedidos escritos de exclaustración. La encerraban en su celda con una botellita de agua en la puerta y un pan en el piso. Cuando salió en 2013, su estado físico era deplorable.

Falda hasta los tobillos y 25 años sin saber qué le gustaba

Cuando las hermanas rezaron y votaron, la salida de Garay fue aprobada. Tenía 21 años. Salió vestida con falda hasta los tobillos, camisa prendida del último botón y mangas hasta la muñeca. Se anotó en la universidad para estudiar de maestra. Empezó a trabajar en comercio, en una heladería.

Pero el proceso de recuperación fue largo y sigue. “¿Cómo puede ser que con 25 años tenga que acordarme cuáles eran mis gustos, qué es lo que me gusta hacer?”, se preguntó entonces.

En algún momento se enamoró de una chica. No lo dudó. Su madre lo tomó mal al principio. Le duró dos días. Garay no iba a negociar. Lo primero que entendió cuando se reconoció homosexual fue que no tenía que rendirle cuentas a nadie y que tenía que ser libre económicamente.

Garay lleva cuatro años en Valencia. Acaba de conseguir el permiso de trabajo. Escribió una novela sobre lo que vivió en el convento. Lo hizo para no olvidarse y para trabajar los traumas con su psicóloga. Uno de los personajes está inspirado en Albarenque, con su acuerdo. Desde que la serie “Cautiva” se estrenó, a Garay le escriben personas de toda Argentina. “Lo que pasó es lo que sucede siempre con estos casos en la Iglesia. A nosotras nos quedan las heridas”, afirma. Mientras tanto, el convento de Nogoyá sigue funcionando. 


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