Por Georgina Buscaglia, especialista en color y cuidado del cabello
@exhalapeluqueria

Lo que tenés que saber para elegir sin miedo.
Cuando la belleza se llena de advertencias, entender nos devuelve libertad. Desde hace años, el “no contiene siliconas” se convirtió en una promesa tranquilizadora. Aparece en envases, campañas y discursos beauty como si fuera una garantía automática de salud. El mensaje se repite tanto que termina instalando una idea casi incuestionable: que las siliconas “plastifican”, “asfixian” o “arruinan” el pelo.
Pero cuando algo se repite demasiado, vale la pena frenar y preguntarse: ¿qué hay realmente detrás de ese miedo? ¿Cuál es el origen de la silicona?
Las siliconas no nacen del petróleo, aunque muchas veces se las asocie directamente con él. Su base es la sílica, un mineral que se obtiene de la arena. Para que esa sílica pueda transformarse en un ingrediente estable, seguro y usable en cosmética, la industria utiliza procesos químicos complejos que incluyen insumos de la petroquímica.
Eso no convierte a la silicona en petróleo ni en un “plástico líquido” aplicado sobre el cabello. La convierte en un material diseñado, como tantos otros ingredientes que forman parte de productos de cuidado personal, cosmética y salud. El origen industrial de un proceso no define, por sí solo, cómo funciona el material final.
¿Qué hacen realmente en el pelo?
Las siliconas cosméticas no forman capas rígidas ni sellos duros. En el cabello actúan como escudos flexibles que acompañan el movimiento de la fibra y cumplen funciones muy concretas:
• reducen la fricción
• ayudan a conservar la hidratación
• protegen frente al daño mecánico y térmico
• mejoran la peinabilidad y el tacto
No envuelven el pelo como una bolsa ni impiden que “respire” (entre otras cosas, porque la fibra capilar está muerta y no respira). Lo que sí hacen es reducir el desgaste al que el pelo se expone todos los días: cepillado, calor, roce, manipulación.
Entonces, ¿por qué se volvieron tan polémicas? El rechazo a las siliconas empezó a crecer hace más de una década, cuando el marketing del “no contiene” ganó protagonismo. En ese contexto convivieron varios factores:
• fórmulas antiguas, más pesadas
• sistemas de limpieza poco eficaces
• y mensajes simplificados que necesitaban un enemigo claro
Así se instaló la idea de que “todas las siliconas son iguales”, cuando en realidad existen distintos tipos, con comportamientos y funciones muy diferentes.
Como pasa con casi todo en cosmética, el problema no es el ingrediente en sí, sino cómo está formulado y para quién está pensado.
¿Pueden generar problemas? No dañan la estructura del cabello ni “arruinan” la fibra. Lo único que puede ocurrir —con siliconas o con cualquier otro ingrediente— es una acumulación cosmética si:
• el producto no es adecuado para ese tipo de pelo
• se usan fórmulas pesadas sin una limpieza acorde
Eso puede generar sensación de peso o falta de respuesta, pero no es un daño real. Es una señal de que el producto no es el indicado.
Es lógico que hoy queramos consumir con más conciencia. Pero reducir el impacto ambiental de un cosmético a un solo ingrediente es simplificar una discusión mucho más compleja. Los envases, las tapas, las etiquetas, la energía de producción y la logística también forman parte de la huella total de un producto. La conciencia real no pasa por demonizar, sino por entender el sistema completo y elegir con criterio.
Elegir con información, no con miedo. Saber cómo funcionan los ingredientes nos permite salir de las etiquetas absolutas y tomar decisiones más libres.
No todo lo “natural” es mejor, ni todo lo “sintético” es dañino. En belleza, como en tantos otros ámbitos, el conocimiento baja la ansiedad y amplía las opciones.
Cuando entendemos, dejamos de elegir desde el miedo. Y la belleza vuelve a ser un espacio de cuidado, no de culpa.
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